La Presidenta escondida
Yo tengo para mí que Claudia Sheinbaum incurrió en omisión fatal cuando se abstuvo de asistir a la inauguración de los juegos de la Copa del Mundo.

De política y cosas peores
“¿Cómo está eso del hijo en la panza?”. La mamá de Pepito se hallaba en estado de buena esperanza, o sea embarazada. Se turbó entonces, y tragó saliva, cuando intempestivamente el crío le hizo esa pregunta. Tosió, confusa, y le preguntó a su vez: “¿Por qué quieres saber eso?”. Explicó Pepito: “Porque al persignarnos decimos: ‘En el nombre del Padre’ en la frente, y ‘del Hijo’ en la panza”. (El primogénito de don Abundio se le andaba rebelando. El viejo hizo que el muchacho se santiguara. “¿Lo ves? -le dijo-. El padre arriba y el hijo abajo”). Los norteamericanos llaman self-made man al hombre que se hizo a sí mismo. La expresión está equivocada: Nadie se hace a sí mismo. Ortega y Gasset, filósofo muy citado y ya poco leído, escribió su famosa y repetida frase: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Tal enunciado es valedero a condición de que la circunstancia incluya a mi prójimo, cuya presencia y trato determinan en buena parte lo que soy. “Yo me hice a mí mismo” -proclamaba un individuo ególatra, narcisista y jactancioso. Se le agradecía, pues a nadie culpaba de lo que era, que no era ni mucho ni bueno. Yo soy obra de mucha y muy buena gente. Mis padres me hicieron de alma y cuerpo; mis maestros y los libros me formaron la mente y el espíritu; la amada eterna modeló mi arcilla, si me es permitido ese lirismo. Yo soy todos, aunque sea nadie. Pero advierto que estoy haciendo filosofía batata, la cual es peor que la filosofía barata, pues la hace el que se encamota. A lo que voy es a recordar a la señora Vitela, mi inolvidable maestra de Literatura en la secundaria de la Escuela Normal de Coahuila. Gracias a ella puedo recitar ahora mismo una docena de rimas de Bécquer, que tan útiles me fueron en mis amores iniciales: “Armando: Un tal Bécquer te está copiando los versos tan bonitos que escribiste para mí y que me recitaste en la Alameda, ésos de las golondrinas”. Aunque no estoy ahora en la preciosa Alameda de Saltillo diré de memoria la rima 30 de Gustavo Adolfo: “Asomaba a sus ojos una lágrima; / y a mi labio una frase de perdón. / Habló el orgullo, se enjugó su llanto / y la frase en mis labios expiró. / Hoy voy por un camino, ella por otro, / pero al pensar en nuestro mutuo amor / yo digo aún: ‘¿Por qué callé aquel día?’. / Ella dirá: ‘¿Por qué no lloré yo?’”. ¡Ah! Se deslíen esos versos en la boca como algodón de azúcar. Y sin embargo hablan de una culpa: La culpa de omisión. El canon de la misa tiene en su principio un acto de contrición por el cual el feligrés confiesa ante sus hermanos haber pecado gravemente de pensamiento, palabra, obra y omisión. Claro, no entra en detalles acerca de esas culpas. Yo tengo para mí que Claudia Sheinbaum incurrió en omisión fatal cuando se abstuvo de asistir a la inauguración de los juegos de la Copa del Mundo. Ciertamente habría recibido ahí una silbatina de órdago, pero con su asistencia habría mostrado fortaleza y capacidad para afrontar el juicio público de sus gobernados. A fin de cuentas ganaría en imagen, porque después los ciudadanos habrían reconocido y apreciado su calidad de mujer de carácter que no se arredra ante las situaciones, por adversas que sean, y les planta cara. En vez de eso se ausentó, se escondió, se agazapó, y para colmo incurrió en la demagógica y engañosa farsa de regalar su boleto a una aficionada, acción absurda y falsa que no engañó a nadie y que criticaron muchos. Pero miren mis cuatro lectores a dónde me ha llevado mi evocación de Bécquer. No cabe duda: En mi escritura divago, lo mismo que en mi vida he divagado siempre. Yo soy yo y mis vagancias. FIN.
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