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¡Que comience la fiesta!

Ahí estamos, cada cuatro años, renovando la esperanza de que le vaya bien a los nuestros en ese mágico rectángulo verde. Y cuando inevitablemente viene la desilusión, lo que sigue es…la fiesta. Porque los mexicanos festejamos hasta las derrotas.

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Nuestro País tiene muchos, muchísimos problemas, pero en algo nos destacamos los mexicanos: Nos encanta y sabemos organizar las mejores fiestas.

Somo fiesteros por naturaleza. Es parte fundamental de cómo nos relacionamos, creamos vínculos afectivos, fortalecemos la cooperación y le damos significado a nuestras vidas.

No se trata de solamente divertirse. En las fiestas hacemos y reforzamos las amistades. Es una herramienta inigualable para la cohesión social y la resolución de tantas tensiones cotidianas.

Como lo ha demostrado el antropólogo Robin Dunbar, es un asunto muy animal. Cantar, bailar, comer y beber juntos es una forma moderna de “acicalamiento social” propio de los primates.

Las fiestas construyen grupos que pueden ser comunitarios, religiosos o nacionales. Celebrar juntos nos da un sentimiento de pertenencia. Refuerza la idea de un “nosotros”. El sociólogo Émile Durkheim llamaba a este fenómeno “efervescencia colectiva”: La energía emocional que surge cuando muchas personas comparten una experiencia simbólica.

A mí me encantan las fiestas. Las considero fundamentales para mi salud mental. Son fuente de alegría, risas, entretenimiento y convivencia social.

Demostrado está que favorecen la liberación de neurotransmisores relacionados con el bienestar como dopamina, oxitocina y endorfinas.

Por eso las sociedades humanas se dan tiempo para hacer fiestas en contextos difíciles. Vaya que los sabemos los mexicanos.

Un ejemplo perfecto fue el Mundial de Futbol de 1986 que precisamente se llevó a cabo aquí.

El País atravesaba por una de sus peores crisis económicas. El PIB de ese año registró una profunda contracción de -3.8%. La inflación anual alcanzó el 106%. El peso se devaluaba diariamente frente al dólar. La Ciudad de México estaba literalmente en ruinas por el devastador terremoto ocurrido un año antes.

Peor, imposible.

Sin embargo, el Mundial se convirtió en una verdadera fiesta colectiva. Su solo recuerdo me produce alegría. La gente en las calles, por un lado, alentando a la Selección Nacional y, por el otro, mentándole la mad… al Gobierno en turno. “Paloma Cordero, tu esposo es un cul…”. Los visitantes internacionales emborrachándose en las vías públicas junto a sus anfitriones mexicanos.

Si algo necesitaba México en aquel 1986 era una gran fiesta nacional y así fue. En las parrandas cotidianas sacamos, de una manera muy sana, todas las frustraciones económicas, políticas y sociales de aquellos años tan convulsos para el País.

México nunca se ha destacado por un futbol de alta calidad. Nuestras selecciones nacionales no se han colocado en el top 10 de la clasificación mundial. Sabemos que estamos lejos de los pocos países que han logrado levantar la Copa FIFA en sus 22 ediciones. Ni siquiera hemos podido superar el famoso quinto partido.

Sin embargo, México tiene a una de las mejores aficiones del mundo. Ahí estamos, cada cuatro años, renovando la esperanza de que le vaya bien a los nuestros en ese mágico rectángulo verde.

Y cuando inevitablemente viene la desilusión, lo que sigue es…la fiesta.

Porque los mexicanos festejamos hasta las derrotas.

Una de las mejores parrandas que recuerdo la viví en Nueva York justo después de que la Selección Nacional perdiera por penales contra Bulgaria en el Mundial de 1994 en aquella ciudad. Los aficionados estábamos desconsolados. Rápidamente lo compensamos con una gran pachanga en los antros de la Gran Manzana.

México está pasando, de nuevo, por momentos críticos. La economía no crece, no acabamos de resolver el terrible problema de inseguridad y, para colmo, ahora tenemos la evidencia de una inédita penetración del crimen organizado en la política. En este contexto llega otro Mundial de Futbol donde nuestro País será una de las tres sedes del evento junto con Estados Unidos y Canadá. De los 104 partidos, sólo trece se jugarán acá. Sí, somos uno de los dos segundones del torneo, pero mejor eso a nada.

A diferencia de 1986 en que la fiesta comenzó días antes de la inauguración, hoy no se siente un ambiente festivo en el País. Por el contrario, se percibe una gran tensión por la cantidad de grupos, en particular la CNTE, que amenaza con boicotear el evento realizando bloqueos al Estadio Azteca (para mí siempre llevará ese nombre) y el Zócalo capitalino donde se organizó el principal Fan Festival.

Así estamos a horas de que ruede el balón.

Yo espero que, cuando esto suceda, comience la legendaria y fabulosa fiesta que nos caracteriza a los mexicanos.

Vaya que lo necesitamos.

Leo Zuckermann

X:@leozuckermann

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