No se compuso
La Presidenta que prometía gobernar mejor está dedicando buena parte de su capital político a preservar el proyecto 4T. A blindarlo. A prolongarlo. A protegerlo de todo contrapeso.

Denise Dresser
Sentada en el cine, detrás de una pareja, veía una película que se había vuelto imposible de salvar. Una trama enredada. Un guión sin rumbo. Personajes atrapados en sus propios errores. De pronto, escuché a la mujer susurrarle algo al marido: “Esto ya no se compuso”. Ambos se levantaron y salieron de la sala. Ahora pienso en esa escena al observar el rumbo económico de México.
Repetidamente se nos dijo que Claudia Sheinbaum sería distinta. Más técnica que ideológica. Más racional que dogmática. Menos inclinada a las obsesiones de su antecesor. Pero cada semana ofrece evidencia de lo contrario. La Presidenta que prometía gobernar mejor está dedicando buena parte de su capital político a preservar el proyecto 4T. A blindarlo. A prolongarlo. A protegerlo de todo contrapeso. Mientras la economía se desacelera, Morena acelera reformas. Mientras la inversión duda, el oficialismo modifica las reglas del juego. Ahí están las nuevas causales para anular elecciones por intervención extranjera. Ahí está la permanencia de magistrados electorales afines. Ahí están los cambios que sincronizan la elección judicial con la revocación presidencial. Todo parece diseñado para fortalecer al régimen, y poco parece orientado a fortalecer al País.
Y mientras tanto, la economía sacrificada. Las señales de alarma son difíciles de ignorar. Moody’s redujo la calificación soberana de México al último escalón del grado de inversión. Standard & Poor’s colocó la perspectiva de la deuda mexicana en negativa. Ambas coinciden en el diagnóstico: Crecimiento insuficiente, finanzas públicas presionadas, dependencia de una Pemex quebrada y escasa capacidad para corregir el rumbo. El problema llega en el peor momento. México se acerca a una revisión compleja del T-MEC y el tratado ya no trata sólo de comercio. En Washington, comercio, seguridad, migración y narcopolítica forman parte de la misma conversación. La revisión ocurrirá en un contexto de creciente desconfianza hacia nuestro País y de escasa disposición política para ofrecer concesiones automáticas. México llega debilitado. Y lo hace por decisión propia.
Robin Brooks ha descrito al País como atrapado en “una trampa de bajo crecimiento”. Décadas de productividad estancada. Inversión insuficiente. Informalidad persistente. Instituciones débiles. Ahora se añade otro ingrediente tóxico: La incertidumbre jurídica creada por reformas que erosionan la confianza de quienes podrían invertir. Lo más trágico es que México tenía todo para aprovechar el “nearshoring”. La rivalidad entre Estados Unidos y China abría una ventana histórica. Pero para atraer inversiones se necesita certeza jurídica, energía suficiente, infraestructura moderna y seguridad pública. Exactamente los rubros que el Gobierno descuida mientras la Presidenta dice que “las calificadoras se equivocan”.
Cuando fue candidato presidencial, Bill Clinton colocó una frase en las oficinas de su campaña: “Es la economía, estúpido”. Era un recordatorio de que los votantes terminan juzgando gobiernos por algo muy simple: El estado de sus bolsillos. Los mexicanos no son distintos y hoy muchos hogares siguen recibiendo programas sociales. Pero las matemáticas no militan en Morena. Una economía que no crece recauda menos. Un Estado que recauda menos tiene menos capacidad para gastar. Un Gobierno que hunde recursos en una petrolera quebrada no puede repartir indefinidamente lo que no produce. Ningún país puede vivir para siempre de transferencias financiadas con deuda, déficits y optimismo ideológico. Y cuando aparezca el fondo del barril, el Gobierno dirá -como siempre- que nadie pudo preverlo. Pero los mexicanos ya conocemos esa película. La vimos en 1976. La sufrimos en 1982. La padecimos en 1994. Sabemos cómo termina la historia cuando la política sustituye a la economía y la propaganda intenta reemplazar a la realidad. El castigo electoral suele tardar. Pero llega.
Porque Claudia Sheinbaum tuvo la oportunidad de corregir el rumbo y prefirió profundizarlo. Cuando aparezca la factura, no podrá alegar ignorancia. Las advertencias están ahí. Los números ya hablan. Y llegará un momento en el que más mexicanos comenzarán a levantarse de sus asientos, mirando la pantalla del País, convencidos de que la película terminó mal porque quienes la dirigían dejaron de gobernar para dedicarse a perpetuarse. Y porque, simplemente, esto ya no se compuso.
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