Triunfo en una burbuja
No deja de sorprenderme el uso retórico de honestidad. Para Marco Tulio Cicerón, constituía el bien supremo, que debía ejercerse independientemente de las consecuencias positivas o negativas, de la vanagloria o del repudio provocado.
CASCABEL
La presidenta Sheinbaum se prepara para conmemorar su triunfo electoral de hace dos años con una temática de “Honestidad, Resultados y Amor al Pueblo”. Celebración pírrica que pone de manifiesto su tragedia: Gobierna en una hermética burbuja en la cual se han perdido las distinciones entre propaganda y realidad. A la concentración anunciada en el monumento a la Revolución se espera, en la más rancia tradición de aquel partido invencible, lleguen contingentes de todos los puntos cardinales en cumplimiento de las cuotas que a cada gobernante emanado del partido oficial le imponen. La foto es lo que importa, la narrativa a desarrollar es secundaria. Quizás el único hecho relevante es el cambio de escenografía. Abandonan su tradicional sede en la Plaza de la Constitución; tal vez el costo de llenar el Zócalo les resulta excesivo. ¿O será que ya les llegó la austeridad?
No deja de sorprenderme el uso retórico de honestidad. Para Marco Tulio Cicerón, constituía el bien supremo, que debía ejercerse independientemente de las consecuencias positivas o negativas, de la vanagloria o del repudio provocado. Honestidad sustentada en cuatro virtudes: Prudencia, justicia, magnanimidad y templanza. Platón en La República, Cicerón en De Ociis y Marco Aurelio en Meditaciones coinciden en la importancia de estas cuatro virtudes cardinales, particularmente de la prudencia entendida como la capacidad de actuar con sabiduría y discernir la verdad.
La verdad, esa terca, inamovible e inescapable realidad histórica, jurídica, contable y fenomenológica sobre lo que hoy sucede en México, está ausente de la conversación de quienes habitan esa burbuja del poder que los mantiene, deliberadamente o accidentalmente, aislados de ella. Una burbuja que también ha capturado a buena parte de los políticos de oposición.
Los indicadores oficiales, aun maquillados, revelan lo que la narrativa ya no puede ocultar.
Cicerón hubiera reconocido el patrón: La prudencia, primera de las virtudes, es precisamente la capacidad de discernir la verdad. Lo que los datos del Inegi describen no es una sorpresa: Es la consecuencia predecible de gobernar sin ella.
Los datos de empleo del Inegi al mes de abril son elocuentes. La población ocupada aumentó en 220,991 personas, cifra que a primera vista parecería positiva. Sin embargo, mientras el empleo informal creció en 450,502 personas, se perdieron 229,511 puestos formales. La tasa de informalidad alcanzó 55.18%, confirmando que más de la mitad de los trabajadores mexicanos opera al margen de la seguridad social, el ahorro para el retiro y la protección laboral, debilitando simultáneamente la base contributiva del Estado.
La recaudación tributaria entre enero y abril disminuyó 1.6% en términos reales, ubicándose en 2.07 billones de pesos, con el ISR 55,468 millones por debajo de lo previsto: Señal de una economía con menor dinamismo y consumo debilitado. Pemex continúa siendo el principal riesgo para la estabilidad financiera del País; su deuda y los adeudos con proveedores anticipan apoyos gubernamentales indefinidos sin una revisión profunda de su modelo.
La ENSU revela que el 61.5% de la población adulta considera inseguro vivir en su ciudad, con una brecha de género que alcanza 67.2% entre mujeres. La Encoap añade que el 84.9% considera probable que un servidor público acepte dinero a cambio de agilizar un trámite: No sólo corrupción, sino erosión profunda de la confianza institucional.
El problema no es únicamente la burbuja de la transformación; es la burbuja en la que hoy se concibe y ejerce la política. Una burbuja que ha capturado al Gobierno, pero también a buena parte de la oposición. Una burbuja donde los datos se subordinan a la narrativa, la crítica se interpreta como traición y el adversario deja de ser un interlocutor para convertirse en enemigo.
Los ejes triunfales de Sheinbaum contrastan con una realidad que se resiste a ser maquillada. Resulta estéril cualquier llamado a la unidad cuando se niega legitimidad a quienes no forman parte de su movimiento. Las recientes reformas en materia electoral con una redacción ambigua por diseño que les permitiría a los hoy encumbrados en el poder anular cualesquier resultado electoral adverso es un ejemplo claro de su talante autoritario. Ante un entorno geopolítico y económico complicado, que llama a estadistas, queda a deber. La dureza de sus acciones y retórica sólo contribuye a elevar la temperatura del estado de ánimo colectivo, profundizar la polarización, debilitar instituciones y erosionar la confianza pública.
Pirómanos que hoy se quejan del calor provocado por el incendio que ellos mismos iniciaron; que cada mañana salen a avivar las llamas en su mórbido deseo de ver consumidos a sus adversarios, elevados deliberadamente a la categoría de enemigos, sin considerar el riesgo de terminar abrasados por el fuego que alimentan.
En la burbuja en la que viven son incapaces de reconocer los daños colaterales que sufre todo México a causa de su incapacidad para dialogar, disentir y construir acuerdos mínimos fuera de la lógica de confrontación permanente.
Aventuro que el futuro se entiende mejor y se puede construir mejor por esa gran mayoría de mexicanos que habita fuera de esa burbuja; ciudadanos que, alejados de esa cultura partidista, enfrentan todos los días consecuencias que desde las burbujas del poder insisten en ignorar.
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