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La palabra: Un don y un legado

El hombre es lo que es por la palabra. Mediante ella puede grabar, conservar y trasmitir sus conocimientos.

. Catón
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De política y cosas peores

“¿De quién son estas pompitas?”. Noche de bodas. Los recién casados estaban ya en el lecho nupcial, y el novio le hizo a su dulcinea esa melosa pregunta. Ella, tímida y ruborizada, no respondió. El ardoroso galán repitió la pregunta: “¿De quién son estas pompitas?”. Ante el silencio de la apenada ninfa el desposado volvió a preguntar lo mismo una vez más, y otra. Se oyó una voz de molestia en la habitación vecina: “La persona que haya perdido unas pompitas reclámelas en la habitación numero14, para que todos podamos ya dormir en paz”. Me gusta la palabra “bomba” porque suena como bomba. Me gusta la palabra “brújula” porque es esdrújula. Me gusta la palabra “lapislázuli” porque tiene un hermoso color. Me gustan todas las palabras. De ellas vivo y con ellas moro. Desde muy niño aprendí el poder que las palabras tienen. En la tertulia a la que asistía mi mama oí a un licenciado de alto timbre explicar por qué se había casado con una muchachilla de baja condición que lo dejó en cueros: “Me obnubilé, señoras mías. Me obnubilé”. Al día siguiente tuve un enfrentamiento pugilístico en el patio del colegio, y le propiné a mi adversario una trompada que lo hizo echar el grito. Acudió nuestra maestra de primer año de primaria y me preguntó llena de diminutivos: “Armandito: ¿Por qué le pegaste a tu compañerito? Tú siempre tan ordenadito”. Respondí: “Me obnubilé, señorita Petrita. Me obnubilé”. Sin palabras quedó al oír ésa, tanto que se olvidó de castigarme. José Ortega y Gasset, filósofo más citado que leído, tiene una frase que parece críptica. “El caballo, cuando nace, estrena su ser caballar. El hombre, cuando nace, no estrena su ser humano”. La explicación. El caballo actual es el mismo de hace 100 años, o 500 o mil. Qué diferente, en cambio, es el hombre de hoy del de ayer, y más del de antier o anteayer. Cada hombre es todos los hombres. Eso no lo dice Ortega, lo digo modestamente yo. Somos herederos de todos los hombres que en el mundo han sido, lo mismo desde Homero, Shakespeare y Cervantes, hasta llegar a Rulfo, Borges y García Márquez, que desde Arquímedes, Newton y Marie Curie, hasta llegar a Edison, Einstein y Hawking. ¿Cómo pudimos recibir esa universal herencia gracias a la cual podemos disfrutar de lo que ha hecho en su largo devenir el hombre? Por la palabra, don del cual carece el caballo, por eso cuando cada caballo nace es como si fuera el primero del planeta. El hombre es lo que es por la palabra. Mediante ella puede grabar, conservar y trasmitir sus conocimientos. Advierto con alarma, sin embargo, que me estoy poniendo campanudo. A lo que voy es a celebrar la noticia de que la Real Academia Española acaba de presentar, luego de 300 años, su primer diccionario de sinónimos y antónimos. La docta corporación reúne en ese voluminoso volumen más de 250 mil sinónimos y una copiosa cantidad de antónimos y voces afines. Poseo el útil libro sobre la materia salido de la benemérita Editorial Espasa, y el muy bueno compilado por Fernando Corripio. Ahora espero el Diccionario de Sinónimos de la Academia. Lo espero con ansia, ansiedad, deseo, afán, anhelo, avidez, vehemencia, aspiración, apetencia y ambición. Grande fue la sorpresa del gerente de la empresa, don Algón, cuando al entrar en el cuarto del archivo vio a su asistente Dulcibel y al empleado Pitorrón en el momento en que llevaban a cabo sobre la mesa el consabido rito natural. Antes de que el estupefacto ejecutivo pudiera dar salida tanto a su asombro como a su irritación explicó Dulcibel: “Los dos ya habíamos acabado nuestro trabajo, jefe, y no nos gusta estar sin hacer nada”. FIN.

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