La historia de la madre que aprendió a vivir después del peor dolor imaginable
Florencia me regaló una definición que no me puedo sacar de la cabeza: “El dolor es el amor en estado de ausencia”.

HISTORIAS DEMASIADO HUMANAS
“En principio, me quedé sin aire”, me contaba Florencia con una serenidad que sólo se consigue después de haber atravesado el infierno.
Me explicaba que cuando su hijo de 6 años murió en un accidente, la realidad no sólo se rompió: Se evaporó.
“Perder un hijo es que te quiten el suelo, eso que te da estabilidad. Es un terremoto que no termina nunca porque, de repente, ya no sabes cómo se respira, cómo se come o qué sentido tiene ducharse”, me decía.
Ella describía la parálisis absoluta de quien siente que la vida, simplemente, ya no tiene de dónde agarrarse.
Sin embargo, en medio de esos escombros emocionales, ocurrió algo que Florencia llama “la malla”. Una red invisible que hizo trac, trac, trac y empezó a sostenerla cuando ella ya no podía sostenerse sola.
A veces creemos que el dolor es un camino solitario, pero Florencia me enseñó que sin esa estructura de seguridad, sin ese permiso para soltarse y caer en los otros, es imposible volver a ponerse de pie. Porque, ¿cómo caminar cuando te falta lo que te daba estabilidad? Y la respuesta no está en la fuerza de voluntad, sino en la humildad de dejarse cuidar.
Florencia me regaló una definición que no me puedo sacar de la cabeza: “El dolor es el amor en estado de ausencia”.
Duele porque hay un vínculo que no tiene dónde aterrizar. Duele porque el amor sigue ahí, intacto, pero el cuerpo del otro ya no está. Y el gran desafío del duelo no es que el dolor se vaya -porque si se va el dolor, sentimos que se nos va el amor-, sino encontrarle un nuevo lugar a ese vínculo. Aprender a ser mamá de un hijo que ya no se puede alzar, pero que te acompaña desde otro plano con una presencia que termina siendo constante.
Lo que más me impactó de su testimonio fue su valentía para creer en lo imposible. A las tres semanas de la tragedia, alguien le dijo que se podía volver a ser feliz incluso con un hijo en el cielo. Ella, en lugar de cerrarse en el cinismo de la tragedia, decidió dar un salto de fe. No una fe de manual religioso, sino la fe de quien decide que su vida no puede ser un sinsentido.
Hoy, Florencia acompaña a otros que transitan el infierno. Dice que no sabría cómo sería su vida si ese accidente no hubiera ocurrido, y lo dice sin rastro de amargura. Ha logrado transformar el vacío en sentido. Ha descubierto que el “para qué” no es una respuesta que te dan, sino una dirección que uno elige caminar.
Verla hablar, escuchar y sentirla es entender que la felicidad no es la ausencia de lágrimas, sino la profundidad del propósito. Se puede tener un brillo increíble en los ojos y, al mismo tiempo, llevar una herida que nunca cierra del todo. Porque la vida no se trata de que no nos pase nada, sino de qué hacemos con lo que nos pasa.
A veces, la vida te pasa por arriba. Pero si tienes la suerte de encontrar esa malla, y el coraje de volver a aprender a respirar, es posible descubrir que el amor, incluso en estado de ausencia, es capaz de darte una vida nueva. Una vida que, aunque distinta a la que soñaste, es plenamente capaz de volver a sonreír.
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