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Humor dominical

Ella pensó que el tipo era seguramente un pervertido, así que rechazó el ofrecimiento.

. Catón

De política y cosas peores

Un individuo de siniestro aspecto llegó a la casa de mala nota y le dijo a la daifa que lo recibió: “Te pagaré el doble de lo que cobras, pero ha de ser como yo quiera”. Ella pensó que el tipo era seguramente un pervertido, así que rechazó el ofrecimiento. Lo mismo hicieron otras tres o cuatro. Una, necesitada de dinero, aceptó ir con él a una habitación. Las otras se congregaron frente a la puerta en espera de oír gritos de dolor o exclamaciones de protesta. Nada oyeron. Después de un rato apareció el sujeto arreglándose el saco y la corbataTras él venía la mujer llenándolo de injurias. Una de sus compañeras le preguntó llena de inquietud: “¿Cómo quería ese hombre?”. “Igual que todos -respondió la maturranga hecha una furia-, pero fiado”. Babalucas le contó, triste, a un amigo: “Puse un negocio, y fracasé”. Quiso saber el amigo: “¿Qué clase de negocio era ése?”. “Una sala de masajes -respondió Babalucas-. De autoservicio”. “No me inspira confianza mi nuevo siquiatra -dijo con inquietud la bella paciente-. Tiene diván matrimonial y espejo en el techo”. (Nota. Y en el baño jabón chiquito de color de rosa). “Me emborracho porque mi mujer se fue con otro”. Esa patética declaración le hizo con lacrimoso acento un parroquiano al ebrio que bebía a su lado. Gimió el beodo: “Yo soy el otro”. En la farmacia Nótica pidió la voluptuosa fémina: “Deme esa caja de píldoras para la respiración”. “No son para la respiración, señorita -le informó el farmacéutico-. Son píldoras anticonceptivas”. “Démelas -insistió la clienta-. Me las tomo, y al día siguiente respiro más tranquila”. Era el tiempo de las Cruzadas. Comentó el herrero del pueblo: “Pierdo en los cinturones de castidad, porque los doy muy baratos, pero me repongo vendiendo las llaves”. Al empezar la noche de las bodas ella se quitó la peluca que la hacía parecer rubia; se sacó los lentes de contacto que daban a sus ojos un misterioso color verde; se despojó de los rellenos de gutapercha que suplían su marcada insuficiencia pectoral, y los de borra que la dotaban falsamente de redondeados atributos posteriores, y finalmente puso en un vaso con agua la dentadura postiza que usaba. El desolado novio había seguido lleno de consternación esas revelaciones. Le preguntó a su desposada: “¿Qué no tienes nada natural?”. “Sí -respondió ella-. Un hijo”. La señorita Himenia, célibe de 39 años de edad cumplidos varias veces, le puso nerviosamente un mensaje a su amiga Solicia: “Creo que hay un hombre abajo de mi cama”. Respondió al punto Solicia: “¡Pos súbelo, pend…!”. (Otro caso. El furioso marido le preguntó a su esposa: “¿Qué hace ese hombre abajo de la cama?”. “Abajo no sé -respondió ella-. Arriba hace maravillas”). La asistente de don Algón le dijo llena de confusión al visitante: “De veras, señor. Mi jefe no está. La blusa se me desabrochó sola”. El Lic. Ántropo contrató a una mujer de servicio. Le indicó: “La contrato para que me tenga limpio el bufete”. “¡Ah no! -se indignó la mujer-. ¡Eso límpieselo usté solo!”.Me dicen que el cuento que hace bajar hoy el telón de esta columna es en extremo sicalíptico. Las personas que no gusten de leer cuentos en extremo sicalípticos deben suspender aquí mismo la lectura, en espera de que en los próximos días salga uno que sea sólo medianamente sicalíptico. He aquí el dicho indebido relato. Candidito le pidió relación íntima a la linda Dulcibel. Inútil: Ella se negó en forma terminante a obsequiar el lúbrico deseo. Suplicó el joven: “Dame al menos la luz de una esperanza”. “Lo siento -se disculpó Dulcibel-. Tendrás que usar lámpara de mano”. (No le entendí). FIN.

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