Aguacate y Super Bowl
Aberraciones sexuales hay muchas, casi tantas como aberraciones políticas.

De política y cosas peores
Aberraciones sexuales hay muchas, casi tantas como aberraciones políticas. Una de las más aberrantes que en materia de sexo he conocido es la de aquel individuo venido de fuera a Saltillo. Cuando murió don Albino, el tendero de mi barrio, le compró la tiendita a su viuda, pues ella se recogió -así se decía- con sus hijos, vecinos de San Antonio de las Alazanas, en la Sierra de Arteaga. La tiendita se llamaba “Las quince letras”. Si se cuentan las letras son precisamente 15. El sujeto le cambió el nombre y le puso “La Reforma”, título que proclamaba el jacobinismo del nuevo propietario. Era hombre cuya edad andaría por los 40 años. Pronto amistó con los jóvenes de la cuadra, porque empezó a vender cerveza en su local, cosa que jamás hizo don Albino. Y aquí viene lo de la aberración sexual. Invitaba a dos o tres de esos muchachos, e iba con ellos a la zona de tolerancia. Ahí les pagaba las copas, y les pagaba también la prostituta con la que se iban al cuarto. Ponía una condición: Que luego le contaran detalladamente lo que habían hecho. Él no tenía trato con mujer, aunque todo indicaba que no le era aplicable el adagio que en aquellos lejanos tiempos se decía: “¿Cuarentón solterón? Maricón”. Entre los amigochos de ese tal se hallaba el hermano de un compañero mío de colegio. Éramos niños, tendríamos quizás 8 años, y un día nos preguntó: “¿Han visto a los que cuelgan en la Alameda?”. Supusimos que en aquel bello parque saltillense ahorcaban a los criminales, y le pedimos que nos llevara a verlos. Nos llevó, y nos puso bajo la estatua ecuestre de Ignacio Zaragoza hecha en bronce por el gran escultor Jesús Contreras. Nos señaló los testículos del caballo y nos dijo muy serio: “Ésos son los que cuelgan”. Mi amiguito y yo no supimos si reír o llorar o ponernos a rezar. Uno de los muchos nombres que en lengua del vulgacho reciben los dídimos o testes del varón es “los aguacates”. Lo curioso de esta denominación es que a los testículos no se les llama aguacates por tener su forma. Al revés: Los aguacates se llaman así porque tienen la forma de testículos. Efectivamente, en náhuatl la palabra ahuacatl quiere decir testículo. El aguacate era fruto muy preciado entre los antiguos mexicanos, pues se creía que aumentaba la viripotencia. Es el ingrediente principal del guacamole, de ahuacamulli, guiso de aguacate. De nuestros ancestros aprendimos que si se pone en el guacamole el hueso del aguacate se evitará que se ennegrezca. No sé si los chicos de ahora conozcan el verbo “pichon…”, antes usado para designar el acto de acariciar lascivamente a la mujer. En el Sureste del País se decía “guacamolear”, en alusión quizá a la suavidad del guacamole. Todo esto viene a colación porque esa delicia mexicana ha sido adoptada por los americanos, que con guacamole acompañan el Super Bowl. El aguacate se ha encarecido por el pago forzoso que los productores mexicanos deben hacer a la delincuencia organizada, la cual se organizó mejor durante el sexenio de AMLO, cuya pacata política de “abrazos, no balazos”, fue una de las muchas aberraciones del nefasto caudillo de la 4T. Me propongo ver el Super Bowl -por tele, claro- con mis hijos y mis nietos, y aunque mi equipo, los Steelers, no estará en el emparrillado disfrutaré el partido y gozaré también de un rico guacamole, por más que no me haga ya ningún efecto. Doña Panoplia sorprendió en ilícito trance a su marido con la joven y linda mucama de la casa. Le gritó, furibunda: “¡Te me largas!”. “Sí, señora” -se apenó, compungida, la muchacha. Precisó doña Panoplia: “A ti no te estoy diciendo”. FIN.
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