El CIDE y la educación en los tiempos denigrantes de las 4T
Comienzo con una buena noticia. La presidenta Sheinbaum ha removido de su puesto al director general del CIDE, José Antonio Romero Tellaeche. Celebro y aplaudo esta decisión.

Juegos de poder
Comienzo con una buena noticia. La presidenta Sheinbaum ha removido de su puesto al director general del CIDE, José Antonio Romero Tellaeche.
Celebro y aplaudo esta decisión.
Romero fue nombrado el sexenio pasado después de la presión que ejercieron el Presidente y su directora del Conahcyt para que renunciara el entonces director del CIDE, Sergio López Ayllón. A Andrés Manuel López Obrador y María Elena Álvarez-Buylla les disgustaba esta institución de educación superior que consideraban como bastión del neoliberalismo. Querían un nuevo liderazgo con la clara intención de “morenizar” al CIDE.
Yo fui secretario general de ese centro público de investigación durante cuatro años (2000-2004). Es cierto que había muchos académicos que comulgaban con el pensamiento neoliberal. Pero, en realidad, en el CIDE se respiraba un ambiente de pluralidad académica. La libertad de cátedra se respetaba a cabalidad.
Lo que sí teníamos era un estricto control de calidad en la docencia e investigación que fue lo que permitió que este centro se tornara en una institución de excelencia educativa. A diferencia de otras corporaciones públicas, despedíamos a los profesores-investigadores que incumplían sus metas.
Si lo que López Obrador y Álvarez-Buylla querían era un CIDE más cercano a la ideología de la Cuarta Transformación, se equivocaron al nombrar a Romero Tellaeche como director. En la academia de las ciencias sociales había muchos mejores candidatos para llevar a cabo esta labor. Escogieron a un profesor chafa, acusado de plagio, casi a punto de retirarse, sin ningún tipo de cualidad de liderazgo y, para colmo, intolerante y misógino.
Desde el día uno, Romero se ganó la animadversión de casi la totalidad de la facultad. Algunos profesores-investigadores optaron por abandonar la institución. Otros bajaron los brazos haciendo lo mínimo indispensable para sobrevivir en un ambiente hostil de trabajo. Algunos se declararon abiertamente en resistencia. El resultado fue un desastre. El CIDE cayó en espasmo de mediocridad que interrumpió los muchos años que llevaba como institución de calidad educativa.
Si algo aprendí durante mi paso por la academia es que el líder del claustro debe tener y procurar el apoyo de la facultad. Los académicos son profesionales que viven de su prestigio y que justamente defienden a capa y espada. Son gente inteligente, que les gusta la libertad, con muchos años de educación formal, con opiniones firmes y guardianes férreos de sus derechos laborales. Hay que tratarlos con mucho cuidado y respeto.
Romero Tellaeche nunca lo hizo. Se apertrechó en su oficina y quiso dirigir por decreto, sin consensar, con una profunda inseguridad.
Con él, como en tantas cosas, López Obrador y Álvarez-Buylla se equivocaron. No debió ser director del CIDE.
Bien por la Presidenta y la secretaría de Ciencia Humanidades, Tecnología e Innovación, Rosaura Ruiz, al corregir este error.
No conozco a la nueva directora interina que nombraron, Lucero Ibarra, pero me parece buena idea que alguien de la facultad sea la que tome las riendas del CIDE. Le deseo suerte en la reconstrucción de una institución que, ojalá, pueda salvarse de lo que fue el hiato romerista.
Lo del CIDE me ha llevado de nuevo a reflexionar sobre la educación en los “tiempos estelares”, como dicen ellos, de la Cuarta Transformación.
La realidad es que los gobiernos morenistas regresaron al modelo de politizar la educación en México. Su prioridad es llevar la fiesta en paz con los dos grupos sindicales existentes: el SNTE y la CNTE. AMLO cumplió su promesa de echar para atrás la ambiciosa reforma educativa de Peña entregándole, otra vez, el control educativo al magisterio.
El SNTE se ha convertido, de hecho, en uno de los brazos electorales de Morena, igual que en las épocas del autoritarismo priista. No es gratuito que el sindicato presuma su filiación corporativa masiva al partido gobernante.
Por su parte, la CNTE ha regresado a su eficaz estrategia de extorsión movilizándose para conseguir cada vez más prebendas de las autoridades educativas.
En suma, la educación volvió a politizarse con la 4T, lo que significa otro gran retroceso. En pleno siglo XXI, en la antesala de la Inteligencia Artificial, México carece de un proyecto de calidad educativa. No hay nada estelar en este tema y sí mucho de denigrante.
Leo Zuckermann
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