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Mirador

Para mí el misterio al que llamamos Dios es más visible en un cielo estrellado, un bosque, una montaña, un colibrí o un niño que en un templo.

Armando  Fuentes Aguirre

Este amigo mío con el que tomo la copa -varias- los martes por la noche suele incurrir en exageraciones. Aquéllos por cuyas venas corre en un momento dado esa sangre de la tierra que es el vino suelen exagerar lo mismo las tristezas que las alegrías. Dice mi amigo:

-Soy un incrédulo que no ha dejado de creer. Por un extraño atavismo me santiguo al apagar la luz para dormir, y otra vez al comenzar el nuevo día. No soy iglesiero. Para mí el misterio al que llamamos Dios es más visible en un cielo estrellado, un bosque, una montaña, un colibrí o un niño que en un templo. Estoy seguro de que cuando el buen Dios escucha lo que dicen de él algunos predicadores, se sale apresuradamente del recinto.

No exagero si digo que las exageraciones de mi amigo me preocupan más que mis propias exageraciones. Yo soy tímido. Quizá por eso me asustan las heterodoxias. Para tranquilizarme bebo otra copa. Sólo una, pues si bebiera más quizá me volvería heterodoxo.

¡Hasta mañana!

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