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Cuando el destino nos alcanza

Se advierte sobre la creciente descomposición planetaria, con cambios climáticos alarmantes y tensiones políticas y económicas que reflejan una reacción pendular hacia el nacionalismo y la fragmentación.

No es que estemos convirtiendo en galletas alimenticias a los ancianos, como sucedía en la célebre película Cuando el Destino nos Alcance, protagonizada por Charlton Heston. Pero sí habría que atender los signos que revelan una descomposición planetaria que no habíamos conocido. Ciudades de clima templado convertidas en metrópolis tórridas y regiones tórridas devenidas en verdaderos infiernos, aureolas boreales donde no las había, tornados incesantes en el centro del Imperio, ciclones cada vez más salvajes, nuevos virus que por primera vez en la historia adquieren una dimensión mundial y sobre todo una sequía que no hará más que empeorar.

Las películas de ciencia ficción suelen introducir escenarios de fin del mundo argumentando la implosión de alguno de estos factores; la realidad es menos melodramática, pero tendencialmente igual de trágica, porque todos están sucediendo de manera gradual y alimentándose unos a los otros. Soportar 35 grados en la Ciudad de México o 47 en Mérida remite en última instancia a la alegoría de las ranas colocadas en una olla con agua en la estufa: El empeoramiento es tan micro gradual que terminan calcinadas sin haber intentado escapar; nunca se dieron cuenta de haber estado en peligro de muerte. En algún momento la capital llegará a 40 grados y Mérida a 53, y peor aún, no se detendrán allí.

Pero no es del clima cambiático, como solía decir la abuela de una amiga, de lo que quiere tratar esta columna sino de las historias distópicas que genera. Además de la tragedia detonante (falta de agua, sequía, aumento del nivel del mar, etc.), el otro elemento en común que tienen las películas de fin del mundo es la reacción de los seres humanos: En todas ellas las personas se vuelven unas contra las otras. Algo de eso también está sucediendo justo ahora.

Portada y título de la revista The Economist de esta semana son reveladoras: “El nuevo orden económico o la globalización en reversa”. En esencia advierte la creciente fragmentación política y económica del mundo en respuesta a los problemas planetarios. La globalización había operado bajo la lógica de que el intercambio generalizado y la circulación sin fronteras, el debilitamiento de los Estados nacionales y las lógicas del mercado sin restricciones redundarían en beneficio de todos. Unidos éramos más que la mera suma de las partes. Pero no fue así.

La globalización generó una prosperidad relativa, aunque muy mal repartida entre los grupos sociales, entre regiones y entre ramas económicas al interior de los países. En el reparto de ganadores y perdedores, enormes sectores, a veces mayoritarios, sacaron la peor parte.

El resultado es una inconformidad creciente de las grandes mayorías respecto a sus élites, a las instituciones, a los partidos políticos tradicionales e incluso a la democracia como práctica y como concepto. Las expresiones de este descontento se han manifestado de muchas maneras a lo largo de la última década. Desde el brexit en Inglaterra, el proteccionismo de Trump, el nacionalismo de Modi en India, hasta la ola roja en América Latina o la emergencia de la ultraderecha en Europa. Es decir, en términos políticos está en marcha un movimiento pendular.

Debilitamiento de organismos multilaterales y el resurgimiento de nacionalismos, énfasis en las diferencias étnicas, culturales, históricas y religiosas, lógicas de suma cero (lo que gana uno lo pierde el otro, contrario a “juntos somos más que las partes”). Nada lo ejemplifica mejor que el lema America First, que encumbró a Trump en 2016: Un aviso al mundo de que frente a los problemas cada uno viera por sí mismo.

A estas tendencias políticas subyace un correlato económico. Los mercados se están fragmentando, los tratados de libre comercio comienzan a ser mirados con desconfianza, los países recurren a un proteccionismo creciente ante las mercancías extranjeras, la inversión foránea está descendiendo en todo el mundo, resurge la necesidad de políticas domésticas para lograr autosuficiencia en áreas estratégicas. Desde luego esta reacción en dirección contraria a la globalización no es en sí misma mala ni mucho menos. Párrafos arriba me he referido a los muchos efectos colaterales, algunos de ellos desastrosos, sobre buena parte de las regiones y pobladores del mundo.

Era urgente introducir matices, frenos y condicionantes para evitar las aristas más agresivas de este modelo. Como el mercado mismo, la globalización requiere ser regulada para que el aprovechamiento de oportunidades no se concentre en los que poseen más recursos. El problema de la reacción pendular reside en el riesgo de que se convierta en un bandazo de tipo tribal, en la generalización de una cultura de Viejo Oeste o incluso de escenario de fin de mundo. En cualquier otro momento de la historia este proceso dicotómico, de sístole y diástole entre lo global y lo feudal serían capítulos de un estira y afloja tan viejo como el mundo. Tesis, antítesis y síntesis en eterno loop. Pero hay tres factores que rompen esa “normalidad” y hacen sumamente peligroso un bandazo irresponsable hacia la fragmentación.

Primero, los temas climáticos. Sin una puesta en común el planeta podría volverse muy rápidamente en contra de los seres humanos; comienza a suceder. Los America First y equivalentes en la práctica boicotean cualquier esfuerzo para actuar como especie.

Segundo, los virus mortales que no respetan frontera, independientemente de dónde surjan. Prevenirlos, acotar la propagación y neutralizarlos rápidamente sólo puede ser efectivo abordándolos de manera global. Es un azar biológico que el Covid haya provocado una mortandad relativa, pues resultó contagiada una buena fracción de la población mundial. La próxima vez, y la habrá según especialistas, podría ser mucho más dañina. Lógicas de “cada uno se rasca con sus uñas”, que ahora están en marcha podrían ser devastadoras.

Tercero, la fragmentación política, el discurso nacionalista y el atrincheramiento generan, entre otras cosas, una escalada armamentista, la hostilidad entre vecinos y potencias y el debilitamiento de los organismos multilaterales o del peso de la comunidad internacional para resolver conflictos. Lo estamos viendo en Gaza o en Ucrania. Los riesgos están a la vista.

No pretendo arruinar su domingo, sino simplemente ponerle contexto a las temperaturas que hoy padecemos. No son una anomalía contra la que hay que lamentarse en busca de un culpable (la CFE, la 4T o el Gobernador en turno). Son señales de algo mucho más vasto que está en proceso con nuestra complicidad voluntaria o involuntaria. De repente lo que haya o no dicho Claudia sobre López Obrador o la última gracejada de Xóchitl adquieren una importancia minúscula considerando lo que le espera, no a nuestros nietos, sino a cada uno de nosotros mismos en los próximos años. En efecto, el destino parece estarnos alcanzando.

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