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Columnas Postigo

Vaca de mil cabezas

En lo personal desconocemos, nombre y circunstancias, del observador que popularizó el episodio donde un carterista intentando despistar al policía que le pisaba los talones comenzó a gritar... 

Por Antonio Medina de Anda

En lo personal desconocemos, nombre y circunstancias, del observador que popularizó el episodio donde un carterista intentando despistar al policía que le pisaba los talones comenzó a gritar… ¡al ladrón, por caridad, detengan al ladrón! Ello, en obvia intención de despistar a gendarme que casi lo tenía acorralado fingiendo, astutamente, hacerse pasar como la víctima y no como ratero. Y aun cuando el creador de aquella narrativa y los chismosos del evento ignoraron que a la vuelta de la esquina, ladrón y policía se repartieron el botín, también se ignora si la billetera y contenido jamás aparecieron.

El popular, doméstico y casi cotidiano episodio siendo real o imaginario ha permitido de una y muchas formas no solo observar, sino también describir e interpretar el alcance y mañas de las cuales se valen los corruptos de cuello blanco, públicos y privados, para cometer estafas por medio del saqueo, fraude o pillaje generalizado en contra de los caudales y propiedades que subordinadas a la sociedad o a particulares son objeto de indecente saqueo por medio de múltiples trampas legaloides condimentadas, por simple rutina, a través de intimidaciones o amagos diversos que en ocasiones resultan no solo  en hechos sangrientos sino, inclusive, en crímenes contra la humanidad si se trata de despojar, sobre todo, a comunidades rurales o a vecinos citadinos cuyos terrenos donde yacen sus harapientas casas representan un filón de oro.

Por supuesto que para usurpar, atropellar o arrebatar lo ajeno se necesita mantener lubricada una maquinaria llamada impunidad, un aparato de justicia hecho para perdonar a los corruptos de toda condena, declararlos libres de cualquier acusación, no afectar al responsable del ilícito sin importar la dimensión del daño perpetrado pues la estructura judicial (leyes, jueces, cárceles, ministros, etcétera ) exactamente se encuentran disponibles para rendir el escudo y padrinazgo a la elite gobernante, socios y clanes familiares concentradores del poder económico que repartido el país entre machuchones los actos de soborno, perversión o abuso son más extremos y usuales.

Tan mayúsculos y descarados que más allá de las distinguidas figuras delincuenciales lo inaudito, pero no sorprendente, radica en la forma como actúan los propios poderes llamados de la Unión, esto es, el Ejecutivo, Legislativo y Judicial que amañados aportan lo máximo de su concentrada fuerza para defender y solapar a los bandidos de los cuales, el Presidente de la República como el Procurador General de Justicia, Diputados y Senadores son, por omisión o complicidad, parte de la depredadora camarilla que hace a la corrupción culpable, de acuerdo con AMLO, de nuestra histórica desigualdad social.

Y aunque el laberinto de la infame inmoralidad ha perdurado disfrazada, en recientes días salieron a flote las aguas negras que bañan a gobernadores, empresarios, jueces y, de manera sobresaliente, a diputados que insisten y persisten  en defender al supra-corrupto Francisco García  Cabeza de vaca (Aún se presume mandatario de Tamaulipas) acusado por Tirios y troyanos por actos de rapiña, crimen organizado y detentar bienes mal habidos.

Lo dicho: el tropel de carteristas salvaguardas de cabeza de Vaca escupen al cielo gritando ¡detengan al ladrón…!

*- El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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