Columnas

Sin Estado

El paisaje es desolador e incita a la reflexión: ¿Por qué crecieron así las ciudades fronterizas? ¿Donde estaban los planificadores urbanos? ¿Quién se benefició del crecimiento anárquico? ¿Es solo la pobreza y la migración lo que explica este desastre o la corrupción jugó un papel determinante? ¿Quiénes son los responsables? ¿Cómo solucionarlo?

El paisaje es desolador e incita a la reflexión: ¿Por qué crecieron así las ciudades fronterizas? ¿Donde estaban los planificadores urbanos? ¿Quién se benefició del crecimiento anárquico? ¿Es solo la pobreza y la migración lo que explica este desastre o la corrupción jugó un papel determinante? ¿Quiénes son los responsables? ¿Cómo solucionarlo?

En las últimas semanas he realizado recorridos por la periferia de Tijuana acompañando el ejercicio de organización de las elecciones locales que tendrán lugar el próximo 2 de junio. Es impresionante observar la miseria y el desastre urbano de esta urbe que ha sido ubicada como la cuarta en importancia del país, después de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Y no es que se piense que es una pequeña zona marginal de la ciudad fronteriza; estamos hablando de la mayor parte del paisaje urbano, o como dicen los tijuanenses, solo se salva una pequeña parte donde viven los sectores de altos ingresos.

La conclusión más general que puedo tener después de los recorridos es que lo que denota el desastre es la ausencia de Estado, así con mayúsculas. Un desarrollo capitalista salvaje que no conoció regulación o límite alguno con el que las constructoras privadas se llenaron las manos de dinero, lucraron con las necesidades de los pobres urbanos, amparados por los gobiernos locales (del estado y del municipio). Si se hubieran observado las reglas ambientales, las normas del uso del suelo, de seguridad para la construcción, no se hubiera edificado en tantos lugares no aptos. Cuando se observan los tamaños de las viviendas se constata que lo que en realidad se construyó fueron zonas potenciadoras de la violencia de todo tipo. ¿Qué familia puede vivir en esas casas que miden 2 metros de frente por 6 de fondo? ¿Nadie se dio cuenta de lo que se iba a generar? Desde luego que lo sabían pero les valió un comino. Se trataba de hacer negocio sin importar las consecuencias.

La periferia de Tijuana duele. Calles que en el mejor de los casos fueron asfaltadas con los peores materiales. Que no soportaron la primera lluvia o el paso constante de los mismos camiones de las constructoras. Una vez pavimentado, se olvidó el mantenimiento y los fraccionamientos fueron abandonados. Nadie respondió a las denuncias de los ciudadanos, a las quejas de tantos burlados por las promesas de las constructoras y de los gobiernos.

Cuando uno observa la pobreza, la contaminación, el crecimiento urbano anárquico, la violencia, la corrupción que aflora por todos lados, no puede dejar de pensar que aquí las fuerzas del mercado dejadas a su libre albedrío conducen a la rapiña y al desastre urbano. Se requería la regulación del Estado, a cambio los gobiernos locales o fueron cómplices por comisión o por omisión.

Gran parte de la explicación del fenómeno urbano tiene que ver con el modelo maquilador que tomó carta de naturalización en muchas de las ciudades fronterizos desde los años sesenta. Se vendió como la gran vía a la modernización. Pero lo que crecieron fueron los cinturones de miseria alrededor de las industrias maquiladoras que se convirtieron en fábricas de empleos precarios.

Hoy estamos ante una situación que parece no tener solución, pese a los discursos de los candidatos. ¿Cómo resolver los problemas de inseguridad y violencia cuando se vive en esas condiciones de hacinamiento y pobreza? ¿Cómo dotar de servicios mínimos a tantas colonias construidas sobre esos cerros y laderas? ¿Cómo resolver la contaminación por tierra ante las condiciones de las vialidades? ¿Solo con discursos demagógicos? No se puede garantizar el desarrollo con calidad de vida sin la fuerte presencia del Estado. La experiencia lo ha probado hasta la saciedad. Nuestro problema es que compramos las recetas de desecho y seguimos creyendo que la mano invisible del mercado se autoregula. Y así nos ha ido.

*El autor es Investigador de El Colegio de la Frontera Norte (Colef).

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