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Sueños de plata

Rubia

Dir. Andrew Dominio

Por Manuel Ríos Sarabia

En un blanco y negro de alto contraste, entre destellos de flash, multitud de cámaras, su vestido fluyendo en el aire, Marilyn Monroe (Ana de Armas), en la cima máxima de su éxito, posa y sonríe cálidamente.

Estas primeras imágenes de Rubia, estereotípicamente representan a Marilyn. Belleza, glamour, Hollywood. Lo opuesto de lo que Andrew Dominik retrata en su adaptación de la novela ficticia de Joyce Carol Oates.

En 1933 a una pequeña Norma Jean, su madre (Julianne Nicholson) le muestra una foto, colgada en una pared resquebrajada, que refleja y anticipa el paisaje psicológico donde se iniciará una larga y aterradora odisea. El hombre del retrato, cuyo nombre no puede revelarle, es su padre.

Años después, la joven Norma, ya con un portafolio de fotos en múltiples revistas, asiste a su primera prueba en un estudio, donde la recibe el señor Z (un obvio Darryl F. Zanuck), quien la gira de espaladas y procede a violarla. Norma sale de la oficina con lágrimas en los ojos y días después recibe una llamada, su prueba fue un éxito.

Lo que, superficialmente, parece ser un asesinato de la leyenda de Marilyn por parte de Dominik, no es sino un macabro cuento de hadas, en que una pequeña niña perdida deambula por un obscuro reino, habitado por bestias feroces, ogros y sátiros. La niña sólo busca encontrar a su padre perdido, que en su mente, algún día volverá para rescatarla.

A pesar de contar con parte de su historia, cronología y personajes reales con que se relacionó, Marilyn sólo es un arquetipo utilizado por Dominik para crear una historia de horror de principio a fin, donde ella, la pequeña niña en el laberinto infernal, intenta convencerse a sí misma que todo está bien. - Ha sido maravilloso este año. Como un cuento de hadas. – le dice a su madre durante una visita al hospital.

Ana de Armas es perfecta en el papel, desapareciendo en su piel y recreando una imagen mucho más frágil e ingenua de la que caracterizaba a Marilyn. De Armas interpreta a la niña indefensa en busca de figuras paternas. No existe la inteligente Marilyn que creo su propia productora, la cual fue clave en la caída del viejo sistema de los estudios. Lo más cercano a una Norma Jean intelectual es el atisbo de seriedad, en el momento en que conoce a su futuro esposo, Arthur Miller (Adrien Brody).

Cambiando de color a blanco y negro, utilizando todos los formatos de pantalla en que filmó Marilyn, y recreando la fotografía de cada era, la versión de la historia que presenta Dominik es impresionista, surreal, brutal y jamás realista.

Reafirmando a cada momento que lo que está contando es un cuento de terror, un descenso al más profundo infierno hollywoodense, donde las mujeres son utilizadas como carne, mascadas y desechadas. El universo habitado es el de Lynch, el de Polanski, nunca el de una cinta biográfica. Marilyn, como Caperucita, Dorotea, Gretel, viaja a traves de la peor pesadilla, en que, por breves momentos, es la soñada princesa del cuento, pero que siempre termina rodeada de chacales, hambrientos por devorarla.

Como la Rosemary de Polanski, la Marilyn de Dominik parece vivir en una pesadilla de la que no puede despertar y en los momentos en que, como Rosemary, es físicamente ultrajada, a la inversa de ella, Marilyn trata de convencerse de que sólo es un sueño del cual pronto despertará.

Sólo la muerte le brindará la paz anhelada.

Rubia de Andrew Dominik es un atroz cuento de hadas, contado con precisión quirúrgica, que al reelaborar historias del pasado, más que testimonio, es una advertencia.

“No era tonta. En lo absoluto. Era terriblemente crédula. Con su infancia truncada, creo que nunca supo de los finales en los cuentos de hadas, sus moralejas, nunca supo de la gente mala, el vuelco de la historia. Seguía buscando los sitios y a la gente buena, y siempre se sorprendía cuando se caía de los puentes en el camino.” – Elia Kazan.

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