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¿Qué cambió con la marcha de AMLO?

No cambió nada o muy poco.

Por Benedicto Ruíz Vargas

No cambió nada o muy poco. La marcha organizada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador sólo confirmó lo que en realidad quería confirmar: que su gobierno está fuerte, que tiene el respaldo irrestricto e incondicional de un vasto sector de la población y que, contra los malos resultados del gobierno, va a estar ciegamente con él sin cambiar en nada su opinión.

Era algo que ya se sabía, pero AMLO quería verlo y palparlo en la calle, marchar hombro con hombro con sus seguidores o simpatizantes, escuchar las voces del pueblo que lo ha sostenido, fundirse con él, como literalmente sucedió. Un derroche de fuerza multitudinaria, del tamaño del ego del presidente, aunque para ello se haya tenido que acarrear y movilizar a mucha gente.

Sin embargo, con toda esa impresionante fuerza demostrada, se ha visto posteriormente a un Obrador preocupado porque la marcha en sí misma no resuelve el resultado electoral del 2024. Una cosa es la fuerza popular en la calle y otra es el “poder de las urnas” y hasta ahora, con todo y la ventaja que parece llevar Morena, no hay certeza del comportamiento electoral de una parte de la población.

El discurso de AMLO después de la marcha denota esta preocupación. La ha expresado a través de esta idea que enfatiza en cada momento: votar igual por el candidato o la candidata a la presidencia y los legisladores del mismo partido, de tal forma que el presidente tenga la mayoría (calificada) en el congreso. De otra forma, dice Obrador, el presidente tendría “las manos atadas”.

Es decir, para López Obrador, el partido que gane la presidencia debe ganar todo para poder gobernar, no como en el periodo anterior o como ha venido sucediendo desde 1997 cuando, por primera vez, el PRI perdió la mayoría en la cámara de diputados, estableciéndose desde entonces un congreso dividido.

Para AMLO no surgió a partir de entonces un pluralismo político y con ello la pérdida de la hegemonía del PRI, sino una presidencia ineficaz que tenía como contrapeso al congreso, como suele ocurrir en la mayoría de las democracias. Entonces, para superar ese problema, hay que regresar al viejo sistema de un partido hegemónico que controle todos los hilos del poder.

AMLO no teme que Morena pueda perder la presidencia en el 2024, lo que teme es que la oposición gane una parte importante de la cámara de Diputados y de Senadores, y desde ahí influya en el devenir del gobierno. Por eso también es muy importante controlar el INE, cambiar su estructura, al mismo tiempo que se busca debilitar a los partidos políticos en aras de “ahorrar” dinero destinado a ellos.

Pero las cosas no se están acomodando de esa manera. López Obrador no se da cuenta de que a la vez que intenta polarizar y dividir a la sociedad, cohesionado y agrupando a sus seguidores, también fortalece al mismo tiempo a los sectores opositores a él y a su gobierno.

El “estilo” de las marchas y la movilización como la del domingo, a la vez que fortalecen al obradorismo también alertan a los grupos de la clase media en el país, porque reviven los tiempos del “populismo” y el intento de construir una nueva hegemonía basada en los mismos principios del viejo régimen que dominó durante mucho tiempo en México.

La marcha de AMLO fue histórica, pero revivió esas etapas en las que el gobierno movilizaba a las masas para auto-congraciarse, para aplastar a los opositores y mantener un régimen político y de gobierno que tenía como soportes básicos el control y la organización de los grupos sociales más vulnerables.

Amplias franjas de la población han esperado cuatro largos años para empezar a manifestarse. AMLO ya agotó las oportunidades y, como característica principal de esta inconformidad, la gente tiene el temor de que Morena pueda repetir en la presidencia o ganar todos los cargos en juego, tal y como ha sucedido en algunas entidades.

Es casi seguro que la oposición va a entrar en una nueva etapa, buscando mayores acuerdos y preparándose más para poder competir en las elecciones. No será fácil porque la llamada oposición es un conjunto de fuerzas abigarradas, con posturas opuestas, algunas antidemocráticas, otras son oportunistas y con intereses mezquinos. Pero por sí solas no podrán sobrevivir.

Algo que afecta a la oposición son algunas vertientes radicales y con posturas de ultraderecha, como Frena por ejemplo, que quiere imponer sus visiones atrasadas y precipitar acciones que están fuera de contexto y no tienen futuro, pero además favorecerían al obradorismo.

Está en juego la hegemonía autoritaria o la pluralidad política. Dos visiones, dos posturas contrapuestas. O Avanzamos o retrocedemos.

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