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Columnas Sueños de plata

Proyecto Géminis / El Pasado que no une. Dir. Ang Lee / Bart freundlich

Una idea con el potencial de generar una muy interesante película es totalmente desperdiciada a favor de un simple remedo de acción con cero intriga.

Por Manuel Ríos Sarabia

Una idea con el potencial de generar una muy interesante película es totalmente desperdiciada a favor de un simple remedo de acción con cero intriga.

El Proyecto Géminis parece ser en realidad un promocional de nueva tecnología, que es francamente inútil (además de un desvergonzado comercial de cerveza y refrescos).

Grabada en 120 cuadros por segundo (formato en que prácticamente no será proyectado en ninguna sala) y utilizando la ya tan rápidamente trillada técnica de rejuvenecimiento a través de CGI (efectos digitales) la cinta de Ang Lee no es más que un refrito de churros de acción de los noventa con cien veces el presupuesto.

Henry Brogan (Will Smith de verdad) es el mejor asesino del servicio secreto estadounidense. A sus 51 años, sufre una crisis de consciencia y decide retirarse. Antes de hacerlo, descubre que fue engañado por el gobierno y ahora (al enterarse de esto), es perseguido para ser aniquilado por el único que puede acabar con él. Él mismo (Will Smith versión digital).  

El hecho de que una película de Will Smith sea una absurda excusa para vender palomitas no sorprende en lo más mínimo. Lo que sorprende en este caso es que el multipremiado Ang Lee (tres Óscares, entre muchos otros galardones) esté detrás de la cámara. Y en realidad no es siquiera que Lee no haya hecho ya trabajos meramente comerciales y carentes de alma (Hulk, 2003) sino que este en particular sobresale por su vacuidad.

El guion, para el cual se requirieron tres escritores, es totalmente predecible y sacado de la más cutre serie B, con diálogos acartonados que dificultan el trabajo de los intérpretes.

Si hay algo que pueda redimir los 120 minutos frente a la pantalla son un par de secuencias de acción desde tomas subjetivas, en que las persecuciones en moto y a pie se vuelven intensas y cautivantes por algunos instantes. El resto es tan olvidable y frío como la inquietante inexpresividad facial y los ojos sin vida de la versión videojuego de Will Smith.

Al otro lado del espectro de la oferta en cartelera, se encuentra una cinta que bien podría haber dirigido el mismo Ang Lee en sus inicios. El pasado que nos une de Bart Freundlich es el remake de la película danesa homónima por Susanne Bier.

Isabel (Michelle Williams) es una norteamericana que administra un orfanato en Calcuta, India, al que Theresa Young (Julianne Moore), una empresaria multimillonaria, ofrece una generosa donación, bajo la condición de que Isabel viaje a Nueva York para presentar las necesidades y afinar los detalles correspondientes. Ese mismo fin de semana se celebrará la boda de Grace (Abby Quinn), hija de Theresa y su esposo Oscar (Billy Crudup).

A su llegada a la ceremonia, Isabel es confrontada con su pasado. Un hecho doloroso que la marcó y sin duda definió el curso de su vida y su decisión de ayudar a quienes más lo necesitan. Esto también resulta ser la verdadera razón por la que Theresa escogió ayudar a su orfanato.

La cinta de Freundlich (esposo de Julianne Moore) no pasa más allá de ser un melodrama de blancos ricos. En este caso lo que se desperdicia es el talento de Moore y Williams que juntas en pantalla tendrían el potencial que crear algo extraordinario y bajo la escueta dirección de Freundlich solo obtienen un par de escenas para lucir sus capacidades.

Si de algo habla el guion, y es sobre todo transmitido a través de la actuación de Julianne Moore, es de la arrogancia de quienes han llegado a la cumbre del éxito económico (el gran sueño americano), y su capacidad para “hacer el bien” y decidir, con dinero en mano, qué es lo mejor para sus seres queridos y todos aquellos que los rodean. Una especie de poder y sabiduría divinos, así como un amoroso altruismo, serían, aparentemente, otorgados a través del dinero.

El futuro de los propios puede ser perfectamente planeado y resuelto, como en final feliz, con una cuenta de banco lo suficientemente profunda.     

*El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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