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Columnas Ecoanálisis

Nuestros monstruos

El ser humano, a partir del arte rupestre y la historia oral, ha mostrado tener siempre la imperiosa necesidad de creer en la existencia de entes misteriosos y peligrosos... 

Por Alberto Tapia

El ser humano, a partir del arte rupestre y la historia oral, ha mostrado tener siempre la imperiosa necesidad de creer en la existencia de entes misteriosos y peligrosos, que ni la ciencia moderna con todo su avance, ha podido explicar y quizá no lo explique nunca. Sencillamente porque no tienen explicación. Dragones y monstruos marinos han entusiasmado a generaciones por los siglos de los siglos. En esta columna no cabrían todos los registrados en la historia, una historia especial que nos aferramos a conservar y transmitir a las nuevas generaciones.

De los clásicos, el Minotauro de Creta, de la literatura, Moby Dick, del Cine Godzilla, de la exploración, ¡huuy!, el Yeti, el Bigfoot, el Orang Tan, Mandiburung. Del folclor rural, el chupacabras, del mestizaje, La Llorona, etc. Los ovnis y los fantasmas son cosa de todos los años. Pareciera que los hemos creado para no ser explicados racionalmente. Eso los hace perdurar, sobrevivir en el tiempo. Y quienes hemos tenido una experiencia inexplicable, nos aferramos a defender su existencia, simplemente porque “lo vimos”. Y eso lo hace digno de conservar, recordar y compartir.

Pero una cosa es ver algo inexplicable, y otra es tener fatalidades en esos encuentros muy cercanos con entes desconocidos. Tal es el caso de gente desaparecida en ríos de África y Australia, que se atribuyen al cocodrilo de agua salada. Niños del Amazonas que se esfumaron en un río, atribuible a anacondas gigantes. Pero la gran mayoría de estos misterios no acusan muertes, sino simples contactos, visiones, percepciones de entes desconocidos. En la América primigenia, todas las tribus creían en los espíritus de las montañas, los sentían, entendían sus mensajes, como los espiritistas modernos sirven de medio para comunicar a los vivos con sus muertos.

Parece ser que el ser humano implica creer en algo desconocido para la Ciencia. Es la contraparte que mantiene sano al intelecto humano. Si hay tantas cosas explicadas científicamente, debe haber otras tantas que no tengan explicación. ¿Se tratará solamente de un equilibrio natural? En busca de noticias marinas regionales para el libro que hacemos mi hermano y Yo sobre la hermosa Bahía de San Luis Gonzaga, B.C., encontré varias relacionadas, que en la costa Pacífica estadounidense llaman el “demonio negro”. Una nota del Daily and Sunday Express de California, cabecea: “Expertos prueban la existencia del demonio negro, más grande que el megalodón, que acecha en aguas de California”.

Charcharias megalodón es el nombre científico del tiburón gigante que habitó los mares del planeta en tiempos remotos. El tiburón blanco de hoy, Charcharodon charcharias, llega a medir hasta siete metros de largo; el megalodón hasta 20, casi tres veces el tamaño del “gran blanco”. Y el demonio negro dice la nota, mide más que eso. Tal es el caso que, si le diera por atacar humanos y sus embarcaciones, sencillamente las costas estarían vedadas permanentemente. Y busco estas noticias porque en mis notas de campo, entrevistas y pláticas con rurales costeños bajacalifornianos, aparecen testimonios de nuestro propio monstruo marino: el bufeo. Continuará…

*El autor es investigador ambiental.

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