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Columnas Ecoanálisis

¡Noventa kilómetros por hora!

Un manada de berrendos se cruzó en nuestro camino en la pradera de Nuevo México. Siempre quise comprobar la rapidez del “velocista de la pradera”... 

Por Alberto Tapia

Un manada de berrendos se cruzó en nuestro camino en la pradera de Nuevo México. Siempre quise comprobar la rapidez del “velocista de la pradera” (colaboración anterior), y animado por los gritos de mis compañeros de aventura, no resistí la tentación de salirme del camino, lo cual está prohibido, para seguirlos y verificar su velocidad.

En ese momento en particular, no recuerdo quienes me acompañaban, ya que subía y bajaba cazadores de acuerdo a las oportunidades de tiro. Pudieron ser Rogelio Sánchez Limón, Pedro Reyes Colín, Jorge Mario Mendoza Domínguez, José Sánchez Díaz o Jaime García Morán, ellos recordarán.

El hecho es que me salí del camino con la camioneta “Caravan” que habíamos rentado en Alburquerque, para cazar en el Norte del estado entre Ratón y Folsom, Nuevo México. Los antílopes se dividieron y pude meterme en medio de la estampida, con los animales a 25 metros del carro por ambos flancos. Por fortuna no encontramos una zanja porque ahí habíamos quedado tendidos. ¡Les veíamos claramente sus grandes ojos oscuros, sus lenguas de fuera y sus enormes fosas nasales abiertas con agitada respiración! Jamás olvidaré ese momento mágico de contacto cercano con el único antílope de América.

El velocímetro de la camioneta, monitoreado por todos, marcaba entre 55 y 57 millas por hora cuando, por fin, la prudencia llegó. Los animales nos fueron dejando atrás en clara señal de haber superado los noventa kilómetros por hora. Luego advertimos que una avioneta nos sobrevolaba, era el Departamento de Pesca y Caza de Nuevo México. Nos salimos del camino y seguimos buscando berrendos para los cazadores que faltaban de cobrar su trofeo. Al subir una colina, nos esperaba un pick up de guardafaunas.

Pacientemente nos dijeron que lo que hicimos estaba prohibido, lo cual no objetamos, pero como éramos turistas cinegéticos extranjeros y bienvenidos, solamente nos advertían de no repetirlo. ¡Excelso trato al visitante! Les aseguramos no volver a caer en la tentación. Luego de despedirnos, nos encontramos con Héctor Sánchez Limón y cazadores, gestor cinegético y organizador de la aventura, detenidos por otros guardafaunas. Resulta que uno de los tiradores de Tijuana que se nos unieron allá, cazó a un berrendo del otro lado del cerco límite del rancho contratado en donde eran válidos nuestros permisos de caza.

La autoridad levantó una infracción y le dijo al infractor: “Si te declaras culpable te impongo una multa de cien dólares, pagadera ahora con recibo oficial, y cerramos el caso. O puedes alegar inocencia y tendrás que presentarte al Juez”. ¡Pago!, dijo el feliz cazador. ¡Ha!, “pero te confisco el berrendo”, respondió el inspector. Luego añadió: “Ahora por cien dólares el que quiera el animal se lo entrego mediante otro recibo y puede quedarse legalmente con él”. ¡Justicia excelsa!, opinó don Pedro Reyes Colín, entonces Magistrado Federal en Mexicali. Sirva este ejemplo vivido por muchos testigos al inicio de los años noventa, como muestra de cómo se debe tratar al valioso turismo cinegético. Material del libro “Añoranzas Cinegéticas”.

*El autor es investigador ambiental ENCERRADO.

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