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Columnas Águilas y serpientes

Nadie Sabe ni el día ni la hora… ni para quien trabaja

Muchos vamos por la vida con una consigna, pero muchas veces por egoísmo o ambiciones, no nos fijamos en otras cosas que suceden a nuestro alrededor.

Por Rafael Liceaga

Muchos vamos por la vida con una consigna, pero muchas veces por egoísmo o ambiciones, no nos fijamos en otras cosas que suceden a nuestro alrededor. Esto nos pasa a todos y muy especialmente en la política, en donde para alcanzar una meta personal, se olvidan de atender lo realmente importante, a la gente que más lo necesita.

Para muestra, un cuento: “Hace muchos años en un monasterio vivía un monje. El monje David era servicial en extremo. Un día, el superior lo llamó, diciendo que necesitaba comentarle algo importante. Verás David, tengo una misión para ti. Necesito que te dirijas a la montaña que se encuentra a tres kilómetros al norte, subas a la cima. Allí nos veremos, y te diré qué es lo que necesito que hagas. David empacó y se dirigió a la montaña apresuradamente, ya que no quería llegar tarde.

Llevaba ya medio camino, cuando observó que un señor mayor se acercaba lentamente a él, parecía que estaba lastimado de la pierna, y necesitaba un poco de agua. El viejo se acercó a David y le dijo. -Podría usted regalarme un poco de agua, y brindarme un poco de ayuda. - pero David no se detuvo a ayudarlo, pensando que tenía que llegar al lugar de encuentro con su superior. Así que siguió su camino. Cuando llegó a la cima, montó un campamento, y esperó a que llegara su superior. No llegó. Pasaron dos días, y la comida se le terminó, por lo que tuvo que regresar al monasterio. Entró en su habitación y no podía creer lo que estaba viendo. Acostado en su cama, el señor al que se negó ayudar, estaba siendo atendido por su superior; y este, al ver que David había regresado, le dijo que saliera, y que esperara indicaciones. Luego, el superior le preguntó: ¿Por qué no lo ayudaste? Porque tenía una misión que cumplir, y no quería atrasarme. El asunto es que todo fue una prueba, para ver qué tan servicial eras con los que más te necesitan y que tan responsable eres con las tareas que se te otorgan. Una parte de la prueba la aprobaste, pero no te detuviste a ayudar al anciano que necesitaba tu ayuda. Eres capaz de acatar órdenes, pero no de ayudar a los que te necesitan. Te vamos a cambiar de monasterio, con un nuevo superior.

Regresó a la que era su habitación y descubrió que el anciano ya no se encontraba ahí. Empacó sus cosas y se fue. Cuando llegó al nuevo monasterio, se dirigió al despacho del que sería su nuevo superior y se llevó una enorme sorpresa, al ver que su nuevo superior era el anciano al que no quiso ayudar”. (Cuento DAVID Y EL ANCIANO, de Katia Carolina de la Cruz Mendoza).

Moraleja: Tenemos que cumplir con nuestro deber y no hacernos guajes para servir a los demás. Máxime si pretendemos ser representantes de la gente.

*El autor es consultor en participación ciudadana, desarrollo social y cultura de la legalidad.

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