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Columnas Águilas y serpientes

Los miserables

Cuando oímos “Los miserables”, lo primero que se nos viene a la mente es la novela de Víctor Hugo, “Les Miserables”.

Por Rafael Liceaga

Cuando oímos “Los miserables”, lo primero que se nos viene a la mente es la novela de Víctor Hugo, “Les Miserables”, que nos habla de la sociedad francesa en el Siglo XIX. Nos habla del bien y del mal, de la política y de la justicia. Al final, la novela sirve como una defensa de los oprimidos sea cual sea el lugar o situación sociohistórica que vivan.

Pero en esta entrega, le voy a hablar de otro tipo de miserables, de esos que estamos viendo a diario, en todos los estratos de la sociedad, en todos los niveles académicos, en los medios de comunicación y en las redes sociales, que son los que no se conducen con veracidad, con honradez y con mesura. Es decir, hablo de los que mienten, los que espantan, los que critican se haga lo que se haga, los que comparten lo trágico y no lo positivo, etcétera.

Siempre habrá un miserable. Ahora mismo, estamos viendo a muchos expresarse en todos los medios. Es increíble cómo por la calamidad de la temporada, el coronavirus, se estén mostrando tantos, gustosos de engañar o empanicar a la gente. Y más tremendo aún, que haya tanta gente que se espanta por miedosa o ignorante. Gracias a Dios, todavía hay personas que no han sido víctimas de esta epidemia y viven con alegría y paz, irradiando amor y esperanza.

Los miserables adoran la crítica mala, que es la expresión patética de su mente para hallar siempre algo negativo en cualquier situación. Lo increíble es que toda esa espuma rabiosa que sueltan es admitida por otro tipo de miserables, los que todo se lo creen. Quejarse tiene la ventaja de echarle la culpa a otros de lo que pasa, deshace cualquier posibilidad de trascender.

Los miserables que no crean sino solo transmiten la desinformación para infundir miedo, dejan que otros piensen por ellos. Se evitan razonar. No se atreven a ser más íntegros y libres, más felices y estar más a gusto consigo mismos. Si pensaran, se podrían alejar de su miseria, de la que están tan conformes.

Con esto del coronavirus, todo el mundo sabe todo. Muchos quieren a fuerza decirnos lo que tenemos que hacer e incluso lo que tenemos que pensar, basados solo en lo que “les dijeron”. Y de ahí nacen las otras pandemias fatales: La desinformación y el miedo.

Los miserables nunca reconocen su responsabilidad ante los problemas y las dificultades. Por eso vemos que otro tipo de miserables son los partidos políticos y sus políticos, que en lugar de reconocer lo que hicieron mal, se la pasan echándole la culpa a los gobiernos anteriores o al que los sustituyó. Critican a los demás y los culpan de sus actos. Aprender de sus errores no es algo que les apetezca. 

No hace falta que existan guerras o virus como el que estamos viviendo. La imaginación de estas personas es capaz de hacer de la existencia más próspera un auténtico calvario. ¿Solución? No infectarnos. No les hagamos caso.

* El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina 
y coordinador de Tijuana en Movimiento.

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