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Linchamiento

Los linchamientos son una terrible señal para México.

Por Ricardo Menéndez

Los linchamientos son una terrible señal para México. No habíamos tenido una epidemia de ellos como ahora. Aunque hay grupos culturales que lo tienen como parte de sus usos y costumbres, antes era algo limitado a actos excepcionales cometidos en pequeñas y aisladas poblaciones campesinas. Los linchamientos pueden ser por fanatismos o por grupos hundidos en la inseguridad. En Tijuana es raro, sin embargo recuerdo dos episodios, uno en mayo cuando los vendedores ambulantes de la línea intentaron linchar al americano responsable de atropellamiento y choque queriendo entrar a territorio americano, también el caso de un par de ladrones de cable que detuvieron los vecinos y los dejaron atados con cinta a un poste con unos cuantos golpes y un letrero denunciándolos. Pero en el Centro y Sur de México es un fenómeno que estamos viendo, constantemente, en el curso de uno o dos años. El linchamiento más célebre lo teníamos como un hito histórico de la paranoia anticomunista de 1968 que llevó a que lincharan hasta la muerte a unos universitarios alpinistas que buscaron refugio por el mal clima en San Miguel Canoa, Puebla. Como en Canoa (ver la gran película en YouTube), hay muchos linchamientos que surgen de rumores. El robo de menores u homicidios han hecho que señalen a desconocidos del pueblo como presuntos robachicos y se enardezca la multitud propinando golpes y hasta matando inocentes, aunque en ocasiones sí son reales delincuentes los que son golpeados en nombre de la pobre justicia y vigilancia por parte de las autoridades. En algunos momentos vemos a los mismos policías participando o en el mejor de los casos tímidamente intentando imponer el orden. Hasta soldados hemos visto detenidos por la turba. El 90% de los delitos no son denunciados y en el 2018 los linchamientos se triplicaron.

Un relator del rey Felipe II, Sebastián de Covarrubias, escribió como una noche del mes de abril de 1476 una turba del pueblo Fuente Ovejuna, mató a pedradas al comendador, lo lincharon. Cuando los investigadores torturaron a los pobladores para que dijeran quiénes habían sido, todos respondían lo mismo: “Fuente Ovejuna lo hizo”. Lope de Vega lo inmortalizó en una obra de teatro. Se trató de un acto iracundo sin más ley de por medio que la solidaridad alrededor de la idea de tener que tomar la justicia en sus propias manos. Los linchamientos que estamos viendo son la expresión de ese México bronco y profundo activado por la impotencia al verse víctimas de la delincuencia sin intervención policiaca. Hasta se llega a quemar vivo al culpable, que frecuentemente es inocente. Todos son cómplices al abrigar gran apetito de impartición de justicia, la falta de esta es la culpable.

* El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.

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