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Las mujeres artistas

Las mujeres han contribuido a las artes visuales desde tiempos inmemoriales, pero pocas veces sus aportaciones han sido reconocidas.

Por Gabriel Trujillo

Las mujeres han contribuido a las artes visuales desde tiempos inmemoriales, pero pocas veces sus aportaciones han sido reconocidas. Mientras que para el siglo XIX ya había en la literatura autoras tan reconocidas como las hermanas Bronte, Jane Austen o Mary Shelley, en la pintura esto no ocurría. Sólo hasta el siglo XX las cosas empezaron a cambiar con pintoras de la talla de Remedios Varo, Frida Kahlo, Georgia O´Keeffe y Leonora Carrington, entre muchas otras. Aquí hablaré de tres pintoras que he conocido y cuyas obras respeto y admiro.

Marta Palau: Menuda. De ojos vivaces. Siempre atenta al mundo, a sus tormentas y tormentos. La vi por vez primera en Morelia, Michoacán, en un festival internacional de poesía en 1983. O mejor dicho: conocí su obra monumental, su selva de nudos y cascadas que servía de escenografía en el teatro de la ciudad donde leíamos nuestros poemas. Marta Palau es una artista aparte, una mujer que construye catedrales con hilos de luz y cuerdas de viento. Luego, años más tarde, la encontré coordinando el salón de los Estandartes en el Centro Cultural Tijuana, peleando por los nuevos creadores fronterizos sin perder de vista la tradición plástica latinoamericana. Marta es una luchadora cuyas manos crean un bosque de sueños en el corazón del mundo, una mujer que sabe mezclar lo propio y lo universal sin perder su identidad, sin olvidar sus raíces. Es una artista que sabe tejer el mundo y ofrecérnoslo.

Ruth Hernández: Pequeña de cuerpo, grande de espíritu, incansable, siempre activa y con proyectos por hacer. Ruth Hernández es, desde que la conozco, una trabajadora para sí y para todos. Pintora de rupestres realidades. Promotora de artistas a los que les brindó casa, comida y sustento. Sin ella la historia de las artes plásticas en Baja California sería otra: más pobre, más mezquina, más tradicional, menos vinculada al arte contemporáneo. Hoy sigue de pie haciendo camino sin presupuesto de por medio. Ruth sabe que pintar es cosa de talento y trabajo, de esfuerzo y tenacidad. Su obra es una ventana abierta a nuestro propio entorno, una mirada que no pinta de cuerpo entero. La recuerdo platicando, discutiendo con Raquel Tibol, la crítica de arte, que parecía una gigante frente a ella y verla ganar las discusiones con argumentos sólidos, con la sabiduría de la experiencia. Ruth Hernández: tan clara como eso. Pero más que en sus palabras es en su obra plástica donde están las mejores declaraciones de esta artista hormiga, trabajadora incansable en pro de nuestras artes. Ruth es, desde los años sesenta, cuando aparece como una de las figuras más destacadas de la plástica bajacaliforniana,  nunca ha dejado de estar presente en el medio cultural y artístico de nuestra entidad. Pintora, escultora, ceramista, serigrafista y promotora cultural, nuestra creadora siempre ha estado en la primera fila, en la vanguardia de nuestro desarrollo artístico. Mientras otros artistas quieren vivir el sueño de la ciudad de México o de París, Ruth interioriza su camino, pule sus percepciones creativas, estudia un arte más lejano en el tiempo que no en el espacio: las pinturas rupestres de los nativos bajacalifornianos. Como en los paisajes de Rubén García Benavides o en las pinturas de Esther Aldaco, la obra de Ruth se vuelve una captación de un horizonte real, lleno de puertas y ventanas para acceder a otros espacios, al tiempo en que vivimos, al mundo que habitamos.

Sheila Dolente: Me duele cuando alguien creativo muere y sus familiares tiran sus trabajos a la basura, se deshacen de sus obras como si fueran simples desperdicios. Quizás por eso me duele la muerte de Sheila Dolente, la artista y promotora cultural que fuera la mano derecha de Harry Polkinhorn y la coordinadora de la galería de arte de la Universidad Estatal de San Diego en Calexico. Sheila era la viveza en persona, las ganas de unir a México y a los Estados Unidos por medio del arte contemporáneo. En cuanta inauguración había, a ambos lados de la línea internacional, ahí estaba Sheila para apoyar a los artistas emergentes fronterizos, desde Bibiana Padilla a Carlos Gutiérrez Vidal. Murió dejando como legado una gran colección de obras de arte que sus parientes regalaron sin darles el valor que merecían. Así acaba el arte cuando se ignora su importancia. De Sheila, espíritu afable como pocos, nos queda su recuerdo: el de una mujer que en cuanto muro veía buscaba abrir una ventana, construir un puente.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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