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La rickettsia como mito fronterizo

Nadie parecía verla. Nadie se percataba de su presencia. Nadie sabía que habitaba sus casas, sus prendas, sus patios, sus mascotas.

Por Gabriel Trujillo

Nadie parecía verla. Nadie se percataba de su presencia. Nadie sabía que habitaba sus casas, sus prendas, sus patios, sus mascotas. No contaba con un nombre para señalarla. Pero era una amenaza letal que pasaba de un animal a otro hasta que entraba, sigilosa, sin hacer ruido, en el cuerpo indefenso de sus víctimas. Y antes de que alguien se diera cuenta de lo que pasaba y diera la voz de alarma, antes de que alguien advirtiera el peligro que representaba, antes de que alguien se preocupara por atajarla cuando sentía una mordedura o una picadura, ella causó el pánico en la población de Mexicali.

¿De qué peligro mortal hablo aquí? ¿A qué bestia terrible me refiero? De la bacteria llamada rickettsia, del parásito invisible que, a partir de 2009, se hizo presente en la ciudad capital del estado de Baja California, provocando de ahí en adelante el horror entre los pobladores de nuestra urbe fronteriza al convertirse en una plaga sin control. Con fiebres, malestar, erupciones en la piel, falta de sensibilidad de las extremidades y, finalmente, la muerte, la rickettsia había llegado para quedarse entre los cachanillas y para causar centenares de enfermos y decenas de fallecimientos entre sus pobladores.

En una ciudad que siempre se ha sentido orgullosa de su progreso y modernidad, esta enfermedad nos hizo ver que grandes extensiones de Mexicali eran tierras baldías, hacinamientos llenos de basura y males contagiosos. En ese ambiente de pobreza y promiscuidad, donde seres humanos y perros y garrapatas convivían en espacios cerrados, el centro del problema primero se ubicó, por el número de enfermos, en la colonia de Los Santorales.

Pero de Los Santorales el miedo empezó a diseminarse, por las redes sociales, a toda la ciudad y pronto a todo el estado de Baja California. Era el miedo a una enfermedad que desgastaba, que paralizaba el cuerpo, que lo dejaba inerme ante su furor destructivo. Los pobres entre los pobres de la frontera eran, como siempre, los que pagaban el plato roto de la negligencia de las autoridades sanitarias de la entidad. Un recordatorio de que era hora de ver a la rickettsia no solo como una enfermedad más, sino como la prueba del abandono en que se encontraban, de parte de las autoridades de salud pública, los mexicalenses de escasos recursos y, también, como el resultado de la crisis económica que estaba haciendo estragos en la frontera norte mexicana, desde principios del siglo XXI, sin que nadie se responsabilizara de sus nefastas consecuencias.

Y entre esos estragos está ahora la rickettsia, el nuevo terror que ha llegado a Mexicali, el fantasma de un mal que pasa inadvertido hasta que ya es demasiado tarde. Como los terremotos que nos azotan de tanto en tanto, pero cuyo peligro olvidamos en cuanto nos dejan en paz por una temporada, la presencia de la rickettsia como riesgo para la salud de los mexicalenses, de los fronterizos, parece prender las alarmas comunitarias por un tiempo antes de que nos olvidemos de ella ante otros problemas más cotidianos: el alza de las gasolinas, el muro fronterizo, la cotización del dólar. Pero eso no quita que la presencia de esta enfermedad adquirida deje de ser un peligro para la sociedad en su conjunto y un aviso de que debemos responder a ella en todo momento y lugar.

En tiempos antiguos, los mexicalenses, por vivir en una ciudad de paso, debían confrontar enfermedades no solo propias de la región sino venidas de todos los rumbos del mundo y de todas las regiones del país. Los migrantes que llegaban a la frontera norte mexicana, ya fuera que venían de los Estados Unidos expulsados por las autoridades del vecino país, o los que acudían desde regiones con males endémicos, contagiaron a muchos bajacalifornianos de estos males. Si además recordamos que hasta la segunda mitad del siglo XX se lograron controlar, mediante campañas de vacunación,  enfermedades como el polio, la viruela, la tosferina, el sarampión y el paludismo, pues entonces hay que aceptar que la frontera siempre ha sido una zona más expuesta a males de toda clase, como sucede igualmente en los puertos.

Pero la rickettsia parece tener un origen propio: el de nuestra negligencia ante una urbe que ha excedido sus dimensiones y ha creado espacios de hacinamiento que hoy son un caldo de cultivo para que prospere entre nosotros. De ahí nuestro deber de combatirla todos los días, con todos los medios a nuestro alcance.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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