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La novela nuestra de cada día

Las novelas son las grandes hazañas de la narrativa, los rascacielos de la imaginación, las maravillas del mundo en clave de historias por contar.

Por Gabriel Trujillo

Las novelas son las grandes hazañas de la narrativa, los rascacielos de la imaginación, las maravillas del mundo en clave de historias por contar. Y ejemplos de estos logros monumentales abundan en las diferentes culturas del planeta, en los distintos idiomas en que fueron escritas.

Por ejemplo, si se quiere saber cuál es la mejor novela del siglo XIX, hay muchas candidatas: La guerra y la paz de Leon Tolstoi, Cumbres borrascosas de Emily Bronte, Historia de dos ciudades de Charles Dickens, Moby Dick de Herman Melville, Frankenstein de Mary Shelley o Madame Bovary de Gustave Stendhal, para nombrar las primeras que se me vienen a la mente. Pero creo, como muchos otros lectores, que la novela que ejemplifica, con amplitud de miras y en tono épico, esa centuria mejor que ninguna otra es Los miserables (1862) de Víctor Hugo.

Lo mismo piensa David Bellos y por eso ha escrito The Novel of the Century (2018), un relato minucioso y preciso de la creación de una novela que recorre lo que era, en aquel siglo, la capital del mundo: la ciudad de París. Una urbe que había visto de todo y que quería ver más cosas extraordinarias, más historias impetuosas. Para Hugo, París era el símbolo de la modernidad en plena era industrial, el ejemplo mayor de la belleza eterna y las modas efímeras, de las multitudes delirantes y los ejércitos conquistadores. Los miserables, como su título lo indica, también hace de París el centro de las desigualdades sociales, de las fricciones políticas, de las injusticias crónicas. Una ciudad que podía jactarse de imponer la cultura a todo el mundo, pero que en su novela nos deja ver sus fisuras más profundas, sus carencias más dolorosas.

Y es que el París imaginado por Víctor Hugo es el espejo de su tiempo, es el desfile multitudinario de la historia en marcha. Aquí se presentan todas las pasiones individuales y colectivas, todas las visiones y cegueras públicas y privadas. Pero lo que más se advierte al leer esta obra monumental, mezcla de romanticismo y realismo, es la capacidad de su autor por mostrarnos a la libertad como un bien supremo, a la felicidad como un derecho universal, a la fraternidad como la única esperanza en un mundo precario, que se destruye y se recrea de continuo. He ahí, en esa metamorfosis, donde Los miserables se vuelve una novela que nos habla de frente, que es a la vez decimonónica y atemporal.

Y si seguimos viendo la novela como un recuento del pasado en clave actual, hay que poner aquí a Robert Harris es un probado autor inglés de novelas históricas. Ya sea que narre acontecimientos del siglo XX, como la reunión de Neville Chamberlain y Adolfo Hitler en 1938, que es lo que sucede en su novela Munich; o ponga atención a la antigua Roma, como en su trilogía de Cicerón, que ahora leo y disfruto porque es una inmersión en los altibajos del poder entre nobles y plebeyos. O como se diría ahora: entre privilegiados y populistas. Han pasado más de dos mil años desde los acontecimientos que menciona en su trilogía y parece que seguimos en las mismas, en un mundo donde la política es mercancía barata, botín a repartirse entre unos cuantos, pretexto para la corrupción propia y el asesinato de los rivales en turno.

Y algo similar cuenta Volker Kutscher en sus novelas Sombras sobre Berlín, Muerte en Berlín y Un gángster en Berlín, todas ubicadas en el Berlín de fines de los años veinte y principios de los años treinta del siglo XX. El comisario Gereon Rath es su protagonista, un policía de homicidios de provincia que llega a trabajar a la capital de Alemania, cuando este país está a punto de convertirse en el III Reich. Pero antes de que eso sucediera, Berlín era una urbe donde el crimen campeaba a su antojo, donde la libertad vivía, con febril arrebato, sus últimos momentos. Un carnaval infernal lleno de lo peor y lo mejor de la civilización humana. Rath no es un hombre taciturno, filósofo de la calamidad, como el detective Gunther del difunto Philip Kerr. Más bien es un policía que se adapta con relativa facilidad a un ecosistema feroz e implacable, que sabe cuidar sus pasos en un mundo donde nadie es lo que parece, donde dinero y política son el negocio de moda, la actividad que da más dividendos. Y provoca más asesi atos.

*El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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