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Columnas Sueños de plata

La noche de los muertos vivientes/Dir. George A. Romero

Tendría aproximadamente diez años cuando vi por primera vez La noche de los muertos vivientes.

Por Manuel Ríos Sarabia

Tendría aproximadamente diez años cuando vi por primera vez La noche de los muertos vivientes. Su final me impresionó tanto que no podía dejar de pensar en él. Definitivamente no era una película para niños ¿Por qué habrían programado algo tan impactante en televisión durante el horario matutino?

     La marca que dejó esa experiencia en mi cerebro infantil se dejó ver por el resto de mi vida. El primer cortometraje (en Super 8 y a blanco y negro), que realicé, fue sobre muertos vivientes. Y el segundo... y el tercero. El primer comic que publiqué comercialmente, fue sobre muertos de vivientes. Obviamente, no fui el único influenciado.

     A cincuenta y dos años de su estreno original, la cinta de Romero, sigue siendo tan política y socialmente relevante como lo fue en 1968. Por otro lado, fue también la flama primigenia que muy al pesar de Romero, creó toda una industria de entretenimiento. Hoy no se puede buscar algo en Netflix, o cualquier otra plataforma, sin toparse por lo menos con una decena de películas y programas de muertos vivientes y ninguno de ellos con una décima parte de la calidad del contenido de lo creado por Romero.

      Y es que a pesar de que la inspiración original para su relato de muertos reanimados fue el cuento de vampiros, Soy leyenda de Richard Matheson (filmado tres veces, la primera, El último hombre sobre la tierra, con Vincent Price en 1964), Romero fue mucho más allá de plasmar una simple historia de terror en celuloide.

      Su ópera prima, como subsecuentemente lo haría el resto de su filmografía, exponía, en los vicios de carácter de cada uno de sus personajes, las grandes fallas de la naturaleza humana. La revelación final, como en toda buena obra de terror, el monstruo es el ser humano.

En 1968 resultó fácil interpretar políticamente el conflicto social que se desarrolla en la abandonada casa invadida por cadáveres ambulantes. Un hombre negro que actua de manera proactiva para protegerse y a los que están a su alrededor. Un hombre blanco, sociópata,narcisista, que cree tener la razón, y que prefiere atrincherarse en un sótano con su familia.

Ambos en pugna por el dominio del territorio, así como por la certeza de que su decisión es la correcta para el bien propio y de terceros.

       El final, que a cincuenta y dos años de distancia, no debería ser sorpresa para nadie, no podría más que ser interpretado a la luz del asesinato de Martin Luther King, que ocurrió el mismo día en que Romero llevaba la cinta rumbo a su primera exhibición.

La obra de Romero, tal como los muertos que la pululan, resucita y se hace vigente una y otra vez. En el clima político actual, sería imposible no interpretar a los dos personajes como a un Trump y a un Obama.

Se trata indudablemente de arquetipos antagónicos que finalmente se autodestruyen ante su renuencia por llegar a un punto intermedio en que sea posible establecer un diálogo para el bien común. En nuestro país, el símil inevitable, AMLO y FRENA. Ambas partes igualmente miopes.

Romero, desde el inicio, demostró su capacidad para poner el dedo en el pulso de la sociedad, plantándole un espejo al frente, y mostrando el espantoso reflejo. La imagen de seres humanos actuando y reaccionando de la peor forma ante una situación límite. Porque es en el momento más álgido de la crisis en el que se revela el verdadero carácter de cada persona, y el conjunto de lo que sale a la superficie, las más de las veces, conforma a una sociedad en mucho mayor estado de putrefacción que el de los “muertos vivientes” que los “ataca”.

Hoy es inevitable ver la obra de Romero sin pensar en la situación global en la que nos encontramos, un verdadero escenario de terror apocalíptico nunca imaginado por una humanidad que tan solo hace siete meses deambulaba ciegamente rumbo a su propia extinción. Y ahora, que ya es un hecho, con un millón ciento doce mil muertos mundiales a causa de la pandemia, seguimos arrastrandonos al precipicio. Sin reparo. Sin excusa.

     Algunos, como protagonistas de Romero, atrincherados en casas, acumulando lo indispensable, evitando a los “muertos” que caminan despreocupadamente sin cubrebocas por las calles. Mirándolos con horror, asco, desprecio. Los otros, sin cerebro racional, continúan su recorrido de devastación, mientras festejan en familia, acuden a bares, van de vacaciones y abarrotan centros comerciales, dejando una peligrosa estela de incertidumbre y terror a su paso.

Y los que se encerraron en sus bunkers, esperando a que todo pase, aguantando contra viento y marea, oleadas que vienen y van. ¿Estarán también condenados, como el último sobreviviente de aquella noche en 1968, a asomar su cara al aire, para ser recibidos por una inevitable sorpresa final? 

El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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