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Columnas Mar de fondo

La guerra entre AMLO y Calderón

Al lado de una terrible pandemia provocada por el coronavirus, así como por los estragos que está causando en términos sociales y económicos, tenemos un clima político electrizante y caracterizado por la polarización y la división política entre amplios sectores de la población.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Al lado de una terrible pandemia provocada por el coronavirus, así como por los estragos que está causando en términos sociales y económicos, tenemos un clima político electrizante y caracterizado por la polarización y la división política entre amplios sectores de la población, pero además, ahora tenemos entre nosotros la pugna y el enfrentamiento cotidiano entre Andrés Manuel López Obrador y el ex presidente Felipe Calderón.

Son momentos verdaderamente inéditos, en todos sentidos, y al mismo tiempo preocupante. La sensación con la que uno se asoma a estos acontecimientos es que el país se acerca al precipicio, en una guerra interna de todos contra todos, justo en el momento en que todos los indicadores sociales se están desmoronando.

¿Son los dolores de parto de un país que está cambiando (como quieren verlo algunos), o  más bien es producto de un gobierno como el de AMLO que antes de “construir” o de poner los cimientos de una nueva República, destruye todo lo que había antes como un huracán que destruye lo que encuentra a su paso?

Hay quizás mucho de ambos, pero más de lo segundo. El clima crispante que hoy caracteriza al país tiene menos que ver con los cambios del gobierno y más con el estilo de López Obrador. Su estilo como presidente tiende a incentivar y a promover la confrontación política, generando un clima en el que muchas diferencias que caracterizan a la sociedad mexicana, ya sean de carácter socioeconómico, político, étnico o de niveles culturales, alcancen sus niveles más elevados.

Si antes los gobiernos del PRI y del PAN antepusieron probablemente de manera retórica la consigna de la “unidad nacional” y la cohesión de los mexicanos, quizás ante los traumas del divisionismo histórico, hoy AMLO no tiene ningún empacho en que sean las diferencias, los reclamos y los odios los que dominen las relaciones entre la sociedad.

No se trata de ocultar o negar las diferencias que caracterizan a la sociedad mexicana, sino de recrearlas y analizarlas para resolver el origen de las mismas, especialmente las de carácter social, o las que tienen que ver con la discriminación y la exclusión por el origen étnico.

Pero esto es diferente a incentivar un clima en el que se respira más un espíritu de venganza, una búsqueda de culpables para llevarlos a la hoguera, cobrar los agravios acumulados y, en algunos casos particulares, hacerles pagar por todo el daño que le han hecho al país durante los últimos años. Es una escena de linchamiento que se está generalizando en todo el país por diversas causas.

Pareciera que en lugar de justicia lo que se busca es una especie de ajusticiamiento social, una condena que deje para siempre enterrada a la clase política; una forma de ajustar cuentas con el viejo régimen, con su clase corrupta que han medrado y saqueado las arcas del país.

En el caso de la confrontación de López Obrador con el expresidente Felipe Calderón predomina mucho este tono, como antes lo tuvo con Salinas de Gortari. Para AMLO no hay sistema social o político que engendra los problemas de corrupción y la desigualdad social; lo que hay, de acuerdo con él, son individuos siniestros y malvados que hay que eliminar y ajusticiar en la plaza pública.

Es una visión que encaja perfectamente o se elabora de manera preferente para el populacho, el cual a su vez confirma la idea que siempre había tenido del sistema político y de sus mandatarios.

Desde mi perspectiva, sería de gran trascendencia política y moral que si los ex presidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto están involucrados en los actos de corrupción que se les imputan, sean juzgados conforme a los códigos y las leyes actuales.

Pero me temo que no va a ser así porque lo que está en juego aquí no es barrer la corrupción del país y atrapar a los “peces gordos” involucrados, sino en generar un ambiente que ayude a amortiguar el golpe de la pandemia y de la crisis económica en términos políticos.

El lado fuerte de López Obrador no es el gobierno, como ya debería quedar claro a estas alturas del partido, o la elaboración de políticas públicas para enfrentar los grandes problemas del país, sino el quehacer político, la grilla como se decía antes, la confrontación y las imágenes maniqueas que lanza sistemáticamente a las masas.

Hay momentos que eso funciona, pero hay otros en que no. Contra la realidad que empieza a erosionarse en todos los niveles, el discurso demagogo y populista termina estrellándose. Es posible que esto suceda en México, otra vez.

* El autor es analista político.

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