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La balacera del palacio municipal de Mexicali

La política siempre ha sido una forma negociada de la guerra, pero la política en Baja California ha sido un ejercicio peligroso para muchos de sus participantes, un juego de vida o muerte.

Por Gabriel Trujillo

La política siempre ha sido una forma negociada de la guerra, pero la política en Baja California ha sido un ejercicio peligroso para muchos de sus participantes, un juego de vida o muerte.

Si hoy vivimos una democracia partidista, hay que recordar que durante los años veinte, antes de la conformación de un partido de estado que aglutinara a la mayor parte de las fracciones triunfantes de la Revolución Mexicana, la vida política estaba basada en infinidad de partidos locales, gremiales, regionales y nacionales.

Las elecciones eran una verdadera prueba de fuego disputadas por decenas de partidos chicos y grandes. En 1920, expulsado el último caudillo no revolucionario, el coronel Esteban Cantú, la Revolución Mexicana finalmente llega a Baja California con el general Abelardo L. Rodríguez.

El presidente Álvaro Obregón decidió nombrar para la entidad dos clases de autoridades: un jefe civil y uno militar. Rodríguez fue el segundo. En la jefatura política, al menos de 1920 a 1923, se sucedieron diversos personajes, el último fue Inocente Lugo, quien pronto se vio confrontado con el diputado Ricardo Covarrubias y con el ayuntamiento de Mexicali dirigido por Juan Loera.

Covarrubias utiliza, magistralmente, las armas pesadas de la prensa. Como los Flores Magón crea agitación en el campo y solicita que terrenos específicos del monopolio estadounidense en el valle de Mexicali pasen a manos de agricultores mexicanos.

Usa El Monitor como escudo y como arma frente a los ataques de los seguidores de Lugo ubicados en el Partido Liberal Constitucionalista. Pero las animosidades llegan al punto de la ruptura en julio de 1923, después de la permanencia en la cárcel, acusados de usurpación de funciones, de los ediles del partido de Covarrubias.

En cuanto salen de la cárcel, se fueron al palacio municipal y entraron a la fuerza. Pronto fueron rodeados por las fueras policiales y, como lo cuenta el historiador Marco Antonio Samaniego: “Los civiles que salían del lugar eran detenidos; a los que deseaban ingresar se les negaba  el paso; los munícipes que apoyaba Lugo también hicieron acto de presencia fuera del salón.

Covarrubias, quien esperaba se respetara el fuero de que gozaba, se aprestó a salir con un mensaje para el jefe de operaciones militares, en el que pedía garantías; al salir, la gritería de ¡Viva Lugo! ¡Muera Covarrubias! se dejó escuchar. José María Michel, su chofer, iba junto a él, un policía quiso detenerlo y Covarrubias se aprestó a su defensa. En ese momento comenzó la balacera.

Loera y el regidor Luna salieron a ayudar a Covarrubias y volvieron al recinto en medio de la balacera que iba de un lado a otro. El resultado fue la muerte de tres policías y cinco heridos, Juan Loera, los regidores Luna y Alejo y el diputado Covarrubias también fueron impactados, ninguno de gravedad. De los espectadores también hubo afectados, entre ellos un niño.”

La balacera dejó tres muertos por el bando de Lugo: los gendarmes Carlos García, Eustolio Macedo y Guillermo Guillén, este último quedó herido, pero murió al día siguiente en el Hospital Civil de Mexicali. Por parte de la gente de Loera y Covarrubias sólo hubo heridos, pero también los hubo entre los transeúntes y mirones que presenciaron los hechos, como fueron Emilio Márquez, Ramón Meza y Enrique Mérida.

El tiroteo, iniciado un poco después de las ocho de la noche, duro apenas unos minutos, pero el escándalo por el comportamiento de los políticos y la policía fue mayúsculo. Aunque el gobernador Lugo era el agraviado, fue él quien recibió las peores críticas por  la confrontación armada; la prensa local y nacional lo consideró el culpable del desaguisado, pues él había ordenado a la policía estatal, sin medir las consecuencias y sin refuerzos que apoyaran el desalojo, que tomara el Palacio Municipal a cualquier precio y, segundo, esta misma policía fue tan ineficiente en su operativo que acabó en retirada y con 3 muertos en su haber.

Y aunque los levantiscos políticos del ayuntamiento fueron arrestados, para diciembre de 1923 ya habían sido liberados y se paseaban por las calles de Mexicali como si estuvieran libres de toda responsabilidad por la muerte de 3 policías que sólo cumplían con su deber, que pagaron con su deceso un juego político en el tablero del poder estatal.

Un episodio de nuestra historia, cuando la política era un baño de sangre en plena vía pública.

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