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Columnas Ecoanálisis

La Visita

La noche del 24 de diciembre de 1922, la familia recibió una visita inesperada que cambió sus vidas.

Por Alberto Tapia

Después de que el indio Nicumedes asesinó a mi abuelo paterno, Alberto Tapia García, para robarle el ganado, mi abuela Librada quedó desamparada con sus 3 pequeños: mi tía Margarita, Alberto mi padre y mi tío Luis, Tapia Yáñez. Entonces se refugió en casa de sus hermanos José y Mariano Yáñez, de oficio vaqueros, y vivían en una casita de adobe con puertas de petate de carrizo, en Buenavista, Sonora.

La noche del 24 de diciembre de 1922, la familia recibió una visita inesperada que cambió sus vidas. Cada nochebuena de mi infancia, la abuela contó la historia mientras estuvo con nosotros. Aquella tarde de hace casi un siglo llovió y se formó un arroyo que entraba por una puerta y salía por la otra. Como no tenían gallinero, metieron a casa a las gallinas “pialadas” (con las patas amarradas) para que no se perdieran. Pero la corriente las arrastraba a cada rato y había que salir por ellas.

A las 10 de la noche alguien pidió posada. Era un viejecito trigueño, sin sombrero ni barba, pero con un burrito de compañía. Doña Libradita lo invitó a compartir su humilde casa. El visitante preguntó si esa noche habría buñuelos, pero mi abuela no tenía con qué prepararlos. El viejecito dijo que una nochebuena sin buñuelos, no era nochebuena, y salió de la casa. Al rato regresó con harina y piloncillo, “quien sabe de dónde,” y la abuela preparó sus ricos buñuelos.

Después de cenar hablaron del futuro de los niños. Mi padre tenía apenas 7 años y ayudaba al gasto de la casa utilizando un burro del tío Rafael, que cargaba con botas de lona para acarrear agua del río que vendía en el pueblo. Para ello, tenía que meter al jumento al agua, mojándose de paso. El viejecito escuchó con atención las peripecias del pequeño aguador, mi padre.

Antes de irse a dormir, recomendó a mi abuela dejar todo aquello e irse a California (Baja), ¡de seguro les iría mejor en aquella tierra prometida! Amaneció y un Sol radiante iluminó la Navidad. Las gallinas fueron desatadas y salieron a asolearse. Pero el anciano había partido ya. A cambio de la posada recibida, dejó amarrado su borrico como agradecimiento.

Su tamaño era ideal para que los niños pudieran cargar agua sin mojarse. La abuela confeccionó unas botas a la medida del pollino, que por ser tan chico, nunca hubo herraduras de su medida. Con él, mi padre hacía hasta 5 viajes al día, que vendía a 10 centavos cada uno. Cincuenta centavos diarios, que pasado algún tiempo les permitió viajar a California (Mexicali).

Nadie supo que fin tuvo el burrito, pero aquella visita cambió sus vidas para siempre.

Cada nochebuena, el espíritu de la abuelita me invade y creo oler y saborear sus ricos buñuelos. Una experiencia de la vida real que nos habla de lo mucho que puede enriquecer nuestras vidas, compartir lo que tengamos con el prójimo. Aunque sea un extraño el que toque a la puerta. ¡Feliz Navidad!

*El autor es investigador ambiental.

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