Columnas Sueños de plata

Historias de miedo para contar en la oscuridad. Dir. André Ovredal

Para enfrentarse al reto de adaptar la serie de libros de Alvin Schwartz (Historias de Miedo para contar en la oscuridad, 1981-1991) Guillermo del Toro, como productor, reclutó al director noruego André Ovredal.

Por Manuel Ríos Sarabia

Para enfrentarse al reto de adaptar la serie de libros de Alvin Schwartz (Historias de Miedo para contar en la oscuridad, 1981-1991) Guillermo del Toro, como productor, reclutó al director noruego André Ovredal, y juntos (con ayuda de los guionistas Dan y Kevin Hageman) hilvanaron los cuentos más representativos para crear una especie de narrativa coherente.

El resultado es una antología que aprovecha el estilo ochentero de los éxitos recientes protagonizados por niños/adolescentes (It, Stranger Things) e intenta utilizar sus historias de miedo para hablar de asuntos mucho más aterradores que aquejan a la sociedad.

El año es 1968, la guerra de Vietnam está en su apogeo y Richard Nixon en campaña presidencial, ambos horrores palpables en el consciente colectivo de Estados Unidos. En el pequeño pueblo de Mill Valley, Pensilvania aún se escucha Season of the Witch de Donovan en el radio. El auto cinema proyecta un programa doble de El Terror de Roger Corman y La noche de los muertos vivientes de George A. Romero.

Al centro del relato se encuentra Stella, una adolescente introvertida, obsesionada con el terror y escritora en ciernes, interpretada por Zoe Margaret Colletti, que parece una versión joven de Ellen Page. Ella y sus amigos, quienes conforman la obligada pandilla de curiosos, se aventuran, en la noche de Halloween, a una vieja mansión abandonada donde encuentran un libro embrujado, escrito por una heredera suicida. El libro desencadena una serie de maldiciones sobre todos los involucrados.

Inevitablemente y de manera algo forzada, cada uno de los espectros que atacan a los adolescentes recrea una de las historias de los libros originales. El efecto final es el de una serie de televisión, debido en parte, al terror clasificación B (adolescentes y adultos) y una atmósfera general (y fotografía) que recuerda a Buffy la cazavampiros (1997-2003).

Ovredal, que ha realizado mejores trabajos en el género (La Morgue, 2017), se siente algo desperdiciado, restringido por el material y su clasificación. Aun así, el director hace un esfuerzo por traer a la vida las controversiales ilustraciones originales de Stephen Gammell, que desafortunadamente no es muy exitoso, ya que indudablemente es tarea difícil capturar la macabra esencia del arte a blanco y negro y traducirlo a efectos especiales.

Pasando por alto todas las fórmulas utilizadas y la narrativa que carece de una verdadera cohesión, las secuencias individuales funcionan como lo que son, viñetas de horror, y sin duda lograran generar escalofríos en ese público menor de edad, al que están dirigidas.

Para el espectador más aguzado se encuentran las referencias y paralelismos sociales, la historia que se repite, Nixon/Trump, el racismo hacia los mexicanos (espaldas mojadas), y la guerra, entre muchos otros horrores, muy reales, que, cincuenta años después siguen azorando a nuestra civilización.

Lo más rescatable, finalmente, es el mensaje acerca del poder de las historias, las escritas, las que nos cuentan y sobre todo, las que nos contamos a nosotros mismos. Los relatos son una herramienta que puede hacer el bien y en las manos equivocadas hacer un gran mal. Si las historias se repiten con frecuencia terminan por convertirse en realidad.

En este respecto, la narrativa también rosa el tema de la familia y el daño que se puede generar por abusos y maltratos intrafamiliares y la responsabilidad que tienen las victimas de actuar conforme a lo que sufrieron. Lo que otros te hicieron fue decisión de ellos, lo que tú haces es decisión tuya. Ante cada acción, siempre habrá una decisión previa.

“Las historia hieren. Las historias sanan”.

*El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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