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Higiene y Basura (2da. Parte)

El continuo aumento de población urbana después del establecimiento de la corte de Fernando V a inicios del siglo XVIII agravó los problemas sanitarios, la suciedad se acumulaba y se solicitaba el paso de los carros que recogían la basura por las calles principales.

Por Jaime Navarro

El continuo aumento de población urbana después del establecimiento de la corte de Fernando V a inicios del siglo XVIII agravó los problemas sanitarios, la suciedad se acumulaba y se solicitaba el paso de los carros que recogían la basura por las calles principales. En verano, los residuos se secaban y se mezclaban con la arena del pavimento; en invierno, las lluvias levantaban los empedrados, diluían los desperdicios convirtiendo las calles en lodazales arrastrando los residuos blandos a los sumideros que desembocaban en los arroyos o ríos, destino final de todos los desechos humanos y animales. Y si las ciudades estaban sucias, las personas no estaban mucho mejor. La higiene corporal también retrocedió a partir del Renacimiento debido a una percepción más puritana del cuerpo, que se consideraba tabú, y a la aparición de enfermedades como la sífilis o la peste, que se propagaban sin que ningún científico pudiera explicar la causa. Los médicos del siglo XVI creían que el agua, sobre todo caliente, debilitaba los órganos y dejaba el cuerpo expuesto a los aires malsanos, y que si penetraba a través de los poros podía transmitir todo tipo de males. Incluso empezó a difundirse la idea de que una capa de suciedad los protegía contra las enfermedades y que, por lo tanto, el aseo personal debía realizarse “en seco”, sólo con una toalla limpia para frotar las partes visibles del organismo. En Basilea, Suiza en el siglo XVII se publicó un documento de sanidad pública que recomendaba que: “los niños se limpiaran el rostro y los ojos con un trapo blanco, lo que quitaba la mugre y dejaba a la tez y al color toda su naturalidad y lavarse con agua era perjudicial a la vista, provocaba males de dientes y catarros, empalidecía el rostro y lo hacía más sensible al frío en invierno y a la resecación en verano. Una obra de teatro del siglo XVII presentaba una escena de aseo personal en la cual el protagonista sólo usaba el agua para enjuagarse la boca. Eso sí, su criado le traía “la más bella ropa blanca del mundo, perfectamente lavada y perfumada”, haciendo mofa que quienes se cambiaban mucho de camisa sólo se mudaban de ropa interior (si es que la llevaban) una vez al mes. Según el francés Georges Vigarello, autor de Lo limpio y lo sucio, un interesante estudio sobre la higiene del cuerpo en Europa, el rechazo al agua llegaba a los más altos estratos sociales. En tiempos de Luis XIV, las damas más entusiastas del aseo se bañaban cuando mucho dos veces al año, y el propio rey sólo lo hacía por prescripción médica. Con el cuerpo prisionero de sus miserias, la higiene se trasladó a la ropa, cuanto más blanca mejor. Los ricos se “lavaban” cambiándose con frecuencia de camisa, que supuestamente absorbía la suciedad corporal. Tanta suciedad no podía durar mucho tiempo más y cuando los desagradables olores amenazaban con arruinar la civilización occidental, llegaron los avances científicos y las ideas ilustradas del siglo XVIII para ventilar la vida de los europeos. Se inventaron los perfumes. Poco a poco volvieron a instalarse letrinas colectivas en las casas y se prohibió desechar los excrementos por la ventana, al tiempo que se aconsejaba a los habitantes de las ciudades que colocaran la basura en los espacios asignados para eso. En 1774, el sueco Carl Wilhelm Scheele descubrió el cloro, sustancia que combinada con agua blanqueaba los objetos y mezclada con una solución de sodio era un eficaz desinfectante. Así nació la lavandina, en aquel momento un gran paso para la humanidad. En el siglo XIX, el desarrollo del urbanismo permitió la creación de mecanismos para eliminar las aguas residuales en todas las nuevas construcciones. Al tiempo que las tuberías y los retretes ingleses (WC) se extendían por toda Europa, se organizaban las primeras exposiciones y conferencias sobre higiene.

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