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Guadalupe Kirarte: promotora cultural

Es hora de darle su valor a la labor de promotora cultural de una mujer que fue el brazo derecho del profesor Rubén Vizcaíno Valencia, pero que hasta la muerte de éste no se le otorgó valor propio a su trabajo como luchadora social en pro de las artes bajacalifornianas en general y de las artes tijuanenses en particular

Por Gabriel Trujillo

Es hora de darle su valor a la labor de promotora cultural de una mujer que fue el brazo derecho del profesor Rubén Vizcaíno Valencia, pero que hasta la muerte de éste no se le otorgó valor propio a su trabajo como luchadora social en pro de las artes bajacalifornianas en general y de las artes tijuanenses en particular. Hablo, por supuesto, de Guadalupe Kirarte. Nacida bajo el nombre de María Guadalupe Engracia Domínguez el 16 de abril de 1934 en Guadalajara, Lupita es de estirpe jalisciense como Patricio Bayardo. Llegó con su familia en 1943, primero a la ciudad capital del entonces Territorio Norte de la Baja California. En Mexicali estudió la educación primaria en la escuela Cuauhtémoc y se casó con el poeta Julio Armando Ramírez Estrada. La lectura, desde niña, fue su principal vocación. Como tantos otros poetas y narradores, fue una lectora precoz que lo mismo leía la Biblia que versos de Sor Juana Inés de la Cruz y Gabriela Mistral. Ya casada se fue a vivir a Tijuana, para horror de su familia, que veía en esta población fronteriza únicamente un centro de vicio. Pero Lupita vio más que eso: una sociedad carente de arte y cultura. Llegada en diciembre de 1952, se dedicó, además de cuidar a su abundante familia, a subsanar los faltantes culturales de su ciudad de adopción. Trabajando, hombro con hombro, con el profesor Rubén Vizcaíno Valencia, pronto fue pieza imprescindible para concretar proyectos de toda clase y fue la punta de lanza para convencer autoridades reacias de las bondades del arte en nuestra entidad.

Para 1971, ya siendo presidenta del Seminario de Cultura Mexicana Corresponsalía Tijuana, aprovechó su cargo para pedirle al presidente Luis Echeverría que se creara la Casa de la Cultura en Tijuana. Con el apoyo del gobernador Milton Castellanos y de Jorge Esma, director de Asuntos Culturales, logró que el edificio de la escuela Álvaro Obregón en la colonia Altamira, a partir del 15 de octubre de 1977 se convirtiera en la flamante Casa de la Cultura tal y como la conocemos hasta ahora. Por eso, en agosto de 2016 el cabildo tijuanense le puso su nombre a esta institución educativa. Ya Vianka Santana (La jornada BC, 16-X-2018) ha dicho de Kirarte que: “De temperamento fuerte, decisiones firmes, energía envidiable, pero sobre todo, con una gran generosidad y calidez, Guadalupe Kirarte es una voz que se escucha y resuena fuerte, una voz que cuestiona, reniega, señala, reflexiona en voz alta, y que guarda testimonio fiel del acontecer del arte en Baja California.”

Y esto es importante hacerlo notar: cuando hablamos de los promotores pioneros de la cultura en Baja California siempre salen a relucir los nombres de Rubén Vizcaíno, Patricio Bayardo o David Piñera. Muchos olvidan la presencia vital de Guadalupe Kirarte, esa mujer que siempre estuvo en la primera línea Tenaz como ella sola, informada y con los datos en la mano, Lupita ha sido trinchera de lo mexicano, lo bajacaliforniano, de lo tijuanense con el sólo propósito de recordarnos las valiosas aportaciones de nuestra cultura y nuestros artistas a México y al mundo. Poca obra literaria tiene Lupita, pero toda significativa para el desarrollo cultural de nuestro estado. Y en ella hay que considerar su Visión panorámica de la cultura tijuanense (2014), que es tanto un ensayo histórico sobre el origen de las instituciones culturales de la entidad como un retrato personal de las personas que, como ella, las hicieron posibles por medio de una labor altruista, perseverante, apasionada.

Y es que así ha sido siempre ella: luchadora incansable que sigue en pie: hablando fuerte y claro por todos nosotros. Mientras los artistas de mi generación y de las siguientes sólo se aparecen en lecturas, inauguraciones, estrenos y presentaciones de libros de sus amigos, Kirarte está al pie del cañón en cuanto evento cultural hay en su ciudad. Con la misma energía y el mismo ímpetu de sus días de juventud asiste y participa, aplaude o critica lo que a ella le parece sujeto de alabanzas u objeto de discrepancias. Como hija de su tiempo, quiere poner su grano de arena en el debate perenne de nuestras fortalezas y debilidades como gremio artístico, como instituciones públicas, como sociedad en su conjunto. Lupita es conciencia viva de la cultura bajacaliforniana. Voz que no se queda callada porque es su deber, así lo siente y lo manifiesta. Decir lo que piensa, exigir lo que nos falta.

*El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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