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Columnas Transiciones

El turno de la universidad pública

Hay instituciones que han funcionado más que de manera autónoma, como organismos independientes.

Hay instituciones que han funcionado más que de manera autónoma, como organismos independientes. Al margen de lo que ha sucedido en el sector público mexicano, la mayoría de las universidades estatales del país han sido dirigidas por grupos  que no han tenido ningún contrapeso al interior o al exterior de las mismas. Estas formas de dirección han conducido a cacicazgos que controlan, a veces con violencia, cualquier asomo de crítica hacia la apropiación privada de los fondos públicos.

Al amparo de gobiernos estatales, las universidades han sido capturadas por camarillas que tomaron el control de toda la estructura administrativa y académica. La vía principal para hacerse con ese poder ha sido controlando el acceso a los máximos órganos: Las juntas de gobierno. Estas instancias nombran a los rectores y a los principales funcionarios de facultades y centros de investigación. Ha sido un negocio redondo pues la rotación de las élites es muy lenta, por la sencilla razón de que la composición de las juntas de gobierno obedece a las decisiones del cacique universitario.

Desde luego que toda la estructura administrativa y académica es vertical y la voz de profesores, investigadores, trabajadores administrativos o estudiantes no es tomada en cuenta, salvo cuando se trata de aparentar que son consultados. Los consejos académicos son una burla a la representación de los diferentes sectores y por supuesto a la toma de decisiones democrática.

Cualquier intento de revisión de sus finanzas es rechazado al amparo de una autonomía mal entendida. Las autoridades universitarias se envuelven en la bandera de la autonomía y denuncian la supuesta intromisión de “agentes externos” que buscan desestabilizar la buena marcha académica. Siempre las amenazas vienen de fuera, de aquellos que obedecen a los designios de las fuerzas del mal.

Una de las estrategias mediáticas que han utilizado para brindar una imagen de que el gobierno universitario es lo más conveniente para el estado y el país, es que la mayoría de sus programas han sido certificados a nivel internacional. Se les llena la boca al decir que son las mejores instituciones académicas de la comarca. Son maravillosas y compiten con “sus pares”. No escatiman ningún recurso en el autoelogio. Son capaces de gastar miles de pesos en gacetillas impresas con el mejor papel y hacer grandes tirajes para encartar los diarios de mayor circulación. Recuerdo a un rector que decidió publicar tres fichas de profesores de su universidad en todos los medios impresos de la entidad para demostrar que eran los mejores del “mundo mundial”. Al mes empezó a reciclar las fichas pues se le habían agotado.

Recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador hizo declaraciones trascendentes en la dirección de revisar esas ínsulas de poder y negocios para ciertas élites universitarias y que encajan perfectamente en la lucha contra la corrupción. AMLO sostuvo que en las universidades se debe combatir la corrupción y permitir la transparencia. “Las autonomías (…) no pueden significar cotos de poder, no pueden ser islas dominadas por caciques, trátese de un sindicato, de una universidad o de cualquier organización, aunque sea autónoma (…) Hay universidades con influencia política, vinculadas a partidos políticos y las comisiones del Congreso manejadas por ex rectores o integrantes de grupos que manejan universidades y que tienen mucha capacidad de gestión y obtienen muchos fondos. Pero la queja es que ese dinero no se aplica bien, ya conocemos todo lo que sucedió con la famosa Estafa Maestra. Pueden tener más presupuesto, pero se queda arriba. Hay también un sistema piramidal, no hay igualdad, no hay equidad, los de arriba se dan la gran vida y abajo el maestro de asignatura gana muy poco” (https://news.culturacolectiva.com/mexico/amlo-auditara-universidades-publicas-evitar-corrupcion-y-caciques/).

Si el río suena, es que agua lleva, dice el refrán. Tenemos que presionar para que los congresos locales también hagan su trabajo. Es la hora de revisar el funcionamiento de nuestras universidades públicas. Al parecer, pronto se darán los primeros pasos.

* El autor es director del Departamento de Estudios de Administración Pública de El Colegio de la Frontera Norte.

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