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Columnas Mar de fondo

El populismo de AMLO

A un año de distancia de haber llegado a la presidencia del país ha quedado más claro que Andrés Manuel López Obrador se ha ido orientando por una visión o un esquema populista, con nuevos y viejos ingredientes.

Por Benedicto Ruíz Vargas

A un año de distancia de haber llegado a la presidencia del país ha quedado más claro que Andrés Manuel López Obrador se ha ido orientando por una visión o un esquema populista, con nuevos y viejos ingredientes. La pregunta que podemos hacernos, entonces, es esta, ¿es el populismo una alternativa al neoliberalismo que predominó en México en los últimos treinta años?

Antes de responder, veamos algunos de los rasgos o los mecanismos que López Obrador ha puesto en marcha desde el gobierno. Uno de ellos, quizás el más importante por encima de todos los demás, es el del contacto permanente con las masas o con el pueblo.

Su primer informe es un ejemplo palpable de ello. Más que informar de los resultados de su gobierno, que hasta ahora son malos o son muy pocos, lo que le interesa es el contacto con el pueblo.

El contacto permanente con el pueblo, ya sea en la plaza pública o en otros sitios, incluyendo las conferencias mañaneras, es una condición que AMLO se ha impuesto para llevar a cabo su gestión. Todo su discurso está lleno de la palabra “pueblo”. “Yo sólo soy un dirigente, dijo, el pueblo es el señor, el que manda y transforma”; y citando a Juárez mencionó “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”.

Ya instalado en la plaza, que es el elemento donde se siente pleno, AMLO se mueve en el mundo de las emociones de su audiencia, no en las ideas o las propuestas, sino en los sentimientos o en los sueños de sus seguidores. El mitin en la plaza o en el zócalo proyecta una fuerza imponente, que se mide por su magnitud cuantitativa en contraste con la de sus opositores.

Este dato que suele ser pasado por alto por varios analistas es fundamental para poder entender el gobierno de AMLO. No es un asunto, como dicen algunos, de un líder político que sabe comunicar, sino de una relación que busca construirse como parte de la toma del poder. Es parte de una concepción política del poder.

Sin embargo, salvo por esta centralidad que Amlo le otorga al pueblo, su gobierno tiene más semejanzas con los gobiernos populistas de Luis Echeverría y José López Portillo que gobernaron a principios de los 70 y de los 80 y que prácticamente ya nadie recuerda y menos los jóvenes que nacieron durante esos años, así como las crisis que provocaron al país.

Amlo, a pesar de lo que se diga, está regresando a esa época del PRI, tanto en su orientación económica como social y política. Su ingrediente nuevo es la centralidad que pretende darle al “pueblo” y, sobre todo, un aspecto que en sí mismo es contradictorio como es la enorme carga religiosa que tiene López Obrador, en franco antagonismo con lo que representó el pensamiento de Juárez y la época de la Reforma. ¿Regresar a ese pasado puede representar una alternativa al modelo neoliberal en México? No lo parece. En lo económico Amlo puede ayudar a reactivar la “economía popular”, pero debilitar la economía en general del país. En lo social puede ayudar a los más pobres, pero al mismo tiempo crear una dependencia del gasto público. Y en lo político puede darle más poder al “pueblo”, pero al mismo tiempo debilitar la democracia representativa, la sociedad civil y las instituciones, concentrando el poder en una sola persona.

Sí, esto puede ser llamado como un cambio, incluso radical si se le compara con lo que el país ha vivido durante las últimas tres décadas, pero no es un cambio que apunte hacia una solución de fondo de los problemas del país.

El populismo es una corriente política demasiado atractiva en un contexto donde las élites han concentrado las decisiones excluyendo al pueblo o a los menos favorecidos, como ha sucedido en México, o porque promete cambios fáciles y rápidos, y porque dice que ahora el poder estará en manos de los más desfavorecidos, representados por un líder limpio y honesto, con poderes plenipotenciarios. Pero todo puede ser un engaño.

Las realidades son más complejas y no ofrecen salidas rápidas. Los modelos neoliberales, basados en la técnica y en el poder de los expertos, no pudieron solucionarlas y en casi todos los casos las agravaron. Pero tampoco los “populismos” latinoamericanos o mexicanos han podido (ahí están los casos de Venezuela y muchos otros) encontrar una salida.

El problema es que a pesar del entusiasmo y la efervescencia que provocan los líderes populistas y su enorme impacto en las plazas públicas, como sucede con Amlo, llega un momento en que la gente o el pueblo empiezan a pedir resultados más tangibles en bienestar, seguridad y democracia. Los discursos populistas tiene un gran alcance, pero llega un momento en que empiezan a declinar. Esto puede pasar con Amlo.

*El autor es analista político

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