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Mar de fondo

El fracaso de la consulta

¿Cómo deben leerse los datos de la consulta popular del domingo pasado? ¿Cómo un éxito o como un fracaso?

Por Benedicto Ruíz Vargas

¿Cómo deben leerse los datos de la consulta popular del domingo pasado? ¿Cómo un éxito o como un fracaso? Me temo que como un fracaso, por las razones que voy a exponer enseguida. Primero hay que analizar los datos en función de la normatividad que establece que para que la consulta fuera “vinculante” se requería que participara el 40 por ciento de los ciudadanos inscritos en el listado nominal, es decir, cerca de 37 millones de personas.

Los datos arrojan que en la consulta sólo participaron un poco más de 6.5 millones de ciudadanos, lo que equivale al 7.11 por ciento, de un total de 93 millones registrados en el listado nominal del INE. Es decir, una absoluta minoría que se compone prácticamente de una gran parte de personas beneficiadas con algún programa social (como los adultos mayores que concurrieron a las mesas receptoras), y de los más fieles seguidores y simpatizantes de AMLO.

Negar esta realidad y decir que la consulta no puede ser evaluada así nada más porque tiene implícitas otras connotaciones, o por su carácter histórico, o porque se hizo en determinadas condiciones, o por lo que representa para la democracia participativa en el país, etcétera, es simplemente querer cambiar la narrativa y negarse a aceptar el rotundo fracaso en términos de participación popular.

Lo que hay que analizar es por qué la consulta no atrajo o no le interesó a la inmensa mayoría de la población que se negó a participar. Este es el meollo del asunto. La consulta no fracasó, como se dice por sus promotores, porque el INE la haya boicoteado, o porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación haya cambiado la pregunta original, o porque sus “opositores” hayan hecho una agresiva e intensa campaña en contra.

No, claro que no. La consulta fracasó porque para una gran mayoría de la población les resultó intrascendente que se hiciera una “consulta popular” para preguntar a la gente si se investigaba a los actores políticos del pasado, o a los expresidentes en particular. Para mucha gente era un ejercicio inútil e innecesario en la medida que el gobierno contaba con todos los instrumentos legales para llevar a cabo una investigación y levantar los cargos pertinentes.

Es muy importante entender el significado de la respuesta de la gente, principalmente para los seguidores de AMLO, porque indica que para mucha gente la consulta fue vista y percibida como un “engaño” y un acto demagógico para apuntalar una idea que ni siquiera el presidente López Obrador apoyaba. ¿Entonces para qué quería la consulta?

Muchos vieron la consulta como un distractor, para cambiar el foco de atención de la gente y hacer a un lado todos los problemas que empiezan a acumularse, entre ellos los estragos que está produciendo la pandemia de Coronavirus, el desabasto de medicamentos, el terrible problema de la inseguridad y la violencia en casi todo el país, la pobreza que está creciendo, la falta de empleos, la corrupción que se mantiene, etcétera.

La gente no le dio la espalda a la necesidad de hacer un juicio a los expresidentes y a todos los funcionarios que sea necesario, como dicen los defensores de la consulta; le dio la espalda a este mecanismo (evasivo) al que recurre constantemente López Obrador para terminar imponiendo su propia decisión. La gente ya le tomó la medida y el vacío que le está haciendo es contundente.

Por eso, en la lectura de la consulta no sólo hay que leer correctamente los datos simples que arroja, sino también su significado político y sociológico. El estado de ánimo de la gente está cambiando rápidamente y el entusiasmo por lo que representaba López Obrador al principio se está tornando en enojo e irritación, o en decepción entre sus simpatizantes.

Es evidente que a partir de la mitad de los gobiernos, cuando ya se están acercando a su cuarto año, como es el caso de AMLO, la gente tiende a aumentas sus exigencias y busca que haya más y mejores resultados, concretos y tangibles. Y es una exigencia que se va a incrementar a medida que el sexenio se vaya acercando a su final.

El problema es que, más que enfrentar los problemas del país, a López Obrador le interesa y le preocupa más “medir fuerzas” con sus enemigos, retarlos para que lo echen del poder, para ver realmente quién tiene el apoyo del pueblo. Por lo que, seguramente, su próximo paso es preparar la siguiente consulta para la revocación de mandato, de la que piensa que saldrá victorioso.

Sin embargo, la consulta demostró que el “desaire” de la gente también constituye una fuerza poderosa. La oposición política podrá estar debilitada, y desorientada, pero la consulta mostró que hay un porcentaje muy alto de personas que no están dispuestas a seguir el juego y apoyar todas las ocurrencias que vengan de la presidencia. Un aviso que no hay que echar en saco roto.

*-El autor es analista político.

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