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Columnas Mar de fondo

El fin de los gobiernos panistas

Hace 30 años el PAN inauguró la alternancia en el gobierno estatal de Baja California, convirtiéndose en el primer estado que sería gobernado por un partido diferente al PRI.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Hace 30 años el PAN inauguró la alternancia en el gobierno estatal de Baja California, convirtiéndose en el primer estado que sería gobernado por un partido diferente al PRI, después de que éste se mantuvo en el poder por 36 años. Fue un acontecimiento histórico en un contexto en el que el llamado “partido oficial” era el único que ganaba todas las elecciones.

Varias circunstancias favorecieron este resultado inédito. Primero, el triunfo cuestionado de Carlos Salinas de Gortari en la elección presidencial de 1988, lo que lo obligó a buscar apoyo en el PAN. Segundo, el hartazgo contra el PRI en Baja California, en especial contra el gobierno de Xicoténcatl Leyva Mortera que ocupaba el cargo desde 1983, y al que luego Salinas de Gortari depuso un año antes de terminar su gestión.

El PAN era un partido relativamente débil, aunque con una historia de lucha que se remontaba a los años 60 del siglo pasado. El resto de los partidos, entre ellos los de izquierda, estaban divididos o en proceso de reunificarse después del triunfo local de Cuauhtémoc Cárdenas.

Por eso fue el PAN el que capitalizó el descontento contra el PRI y el gobierno de Leyva Mortera, a través de un candidato como Ernesto Ruffo, quien capitalizó la inconformidad contra los malos gobiernos y contra el deterioro social que empezaba a configurarse en las ciudades fronterizas después de la crisis de 1982.

El PAN atrajo los votos de la mayoría bajo la promesa de hacer gobiernos distintos al tricolor, gobiernos más honestos, más transparentes y más eficaces en la atención de los problemas urbanos. Así se lo propusieron los primeros gobernadores y alcaldes al inicio de sus gestiones, modernizando algunas áreas del gobierno, utilizando la experiencia y la visión empresarial que traían estos panistas.

Sin embargo, pasado el tiempo esta energía y aquella visión se fue frenando. Dueños del poder y de la escena los panistas dejaron de lado aquellos proyectos y se dedicaron a “administrar” el poder desde el gobierno, a controlar el partido, a dividirse los cargos y los puestos en el gobierno, a controlar los padrones de afiliados y a estudiar en los manuales cómo ganar elecciones cada tres y seis años.

Su permanencia en el gobierno por 30 años sólo es posible explicarla a partir de las condiciones anteriores pero, además, a partir de una oposición débil y desorganizada que no tuvo capacidad de disputarle posiciones; pero también por el control que el PAN y sus gobiernos empezaron a ejercer en todos los ámbitos de la sociedad, entre ellos el empresarial, que se convirtió en su puntal.

Su larga estancia se debe también a la influencia y el control que tuvieron entre los medios de comunicación y el periodismo en general (que antes se afiliaban al priismo), así como en el ámbito de las universidades (UABC), en los centros privados como en Cetys y otros, así como en los llamados Organismos de la Sociedad Civil, que los panistas cultivaron masivamente con prebendas y recursos.

En pocas palabras, el PAN al igual que antes el PRI, urdió un denso tejido entre la sociedad y prolongó su vida en los gobiernos. Su fracaso político se precipitó por varias razones, pero en particular por la desastrosa gestión del gobernador Francisco “Kiko” Vega de Lamadrid que, digámoslo así, exacerbó todas las características anteriores del panismo.

Entre ellas, quizás la más importante y muy propia de estos panistas, fue que cuando el gobierno o el PAN necesitaba abrirse más hacia el pueblo raso, más se cerraron y se volcaron contra él, aumentando el precio de los servicios, privatizando aquí y allá, cobrando impuestos a diestra y siniestra, mientras la imagen de los gobernantes era la de sus palacetes, la adquisición de propiedades y el lujo de sus automóviles.

Bajo el gobierno de Kiko, se fortaleció la imagen de los gobiernos corruptos y la de un gobierno ineficaz, contrario a los intereses del pueblo; un gobierno de amigos o de cuates.

El PAN por su lado se agrietó más y se acrecentó la lucha interna por el poder o por la inclusión en las nóminas del gobierno, empobreciendo el discurso político de los militantes panistas.

Lo último que hicieron los diputados panistas al aprobar una reforma en la que establecían un gobierno de cinco años en lugar de dos, tal y como estaba establecido para homologar las elecciones, fue un signo inequívoco de la degradación y la pérdida de rumbo que el panismo alcanzó ya muy cerca de su ocaso.

El panismo debería estar de luto, no sólo por la pérdida del poder sino porque la forma en que lo perdió fue como arrojar 30 años de gobiernos al caño del desagüe. Pero también porque varios de sus militantes, otrora fieles adoradores de los principios panistas, hoy están bajo el yugo contrario representado por Jaime Bonilla. Será el tema de mi próxima colaboración.

*El autor es analista político

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