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El dato duro del abstencionismo

En Baja California, el dato más sólido y contundente que tenemos en cuanto a los procesos político electorales es que la inmensa mayoría de los ciudadanos registrados en el padrón electoral no participa en las elecciones, no sólo ahora sino desde siempre.

Por Benedicto Ruíz Vargas

En Baja California, el dato más sólido y contundente que tenemos en cuanto a los procesos político electorales es que la inmensa mayoría de los ciudadanos registrados en el padrón electoral no participa en las elecciones, no sólo ahora sino desde siempre.

En la reciente elección para gobernador sólo votaron 757 mil 963 electores, de un total de 2 millones 811 mil 076 registrados en la lista nominal, lo que quiere decir que dejaron de hacerlo 2 millones 053 mil 113, es decir el 73 por ciento. En la elección para presidentes municipales dejaron de votar el 72 por ciento y en la de diputados el abstencionismo alcanzó 73 por ciento.

El total de electores que votaron representan apenas el 27 por ciento de los registrados en el listado nominal, y de ellos el 13 por ciento lo hicieron por Morena para gobernador, el 6 por el PAN, el 1.26 por el PRI, el 2.2 por el PRD, el 1.79 por MC y el 0.97 por el PBC.

Una muestra de la baja representación de los partidos políticos y en especial de los gobiernos, del gobernador, de los presidentes municipales y no se diga de los diputados.

De aquí se puede derivar la conclusión de que las elecciones en BC son un asunto de una absoluta minoría. Mientras no se disponga de otra información, todo indica que los grupos sociales que más se involucran y participan en las elecciones son aquellos que pertenecen a las clases medias. Grupos de profesionistas, pequeños comerciantes, empleados de gobierno, maestros, sindicalizados, activistas y otras agrupaciones similares.

¿Por qué el resto de la población no participa y por qué es BC uno de los estados donde más se acentúa este fenómeno? Una hipótesis factible es que el abstencionismo está vinculado a las características de las ciudades fronterizas y en particular a una población que, independientemente del tiempo de residencia, siempre se asume que está “en tránsito”, o en un proceso de “integración” a la vida urbana y social de las ciudades. No es el clásico ejemplo de la migración, sino otro proceso menos visible y propio de la frontera.

Para comprenderlo mejor tomemos como ejemplo el caso de Playas de Rosarito donde la abstención alcanzó el 70 por ciento, y en donde se observa con mayor claridad el perfil de las ciudades fronterizas: alto volumen de población “flotante”, ciudad dormitorio, de cambios rápidos, con servicios precarios y múltiples actividades de subsistencia, que es en realidad lo mismo que ocurre, con más o menor intensidad, en ciudades como Tijuana, Mexicali y Ensenada.

Tijuana, por ejemplo, es una ciudad con muchas o cientos de ciudades en su interior, ciudades invisibles, con dinámicas propias y con una población totalmente alejada de la vida política, salvo aquellos casos en que los colonos se organizan para demandar servicios públicos, vivienda, etcétera. En estos barrios impera la precariedad y los empleos informales, el comercio callejero y la marcada falta de infraestructura urbana. Es el paisaje de las ciudades fronterizas.

Para algunos sectores sociales es difícil de comprender, pero un componente importante del abstencionismo electoral está vinculado a la “precariedad social” en que vive la población. Si a esto le añadimos la noción que tiene mucha gente de retornar “algún día” a su lugar de origen, tenemos una población que no establece fuertes lazos de compromiso con la ciudad y no ve en la política o en lo electoral una vía para mejorar su situación.

Podríamos decir que un primer paso de la participación política o que conduce a ella es el vínculo con la ciudad, sus problemas, su futuro. Si un individuo no se siente identificado con la ciudad, si no siente que le pertenece o pertenece a ella, aunque viva ahí o trabaje ahí por años, no se va a involucrar en ninguna actividad electoral o política.

Algunos estudios hablan de una identidad extraterritorial, pues en realidad lo que tenemos en las ciudades fronterizas del Norte de México es la formación de clanes y grupos que se identifican a partir de su lugar de nacimiento (sinaloenses, sonorenses, chilangos, nayaritas, etc.), al que siguen vinculados cultural y políticamente en muchos casos, o en mayor medida que en su propio lugar de residencia.

A todo esto hay que agregar que a diferencia de otras ciudades del país, aquí no existen símbolos o referentes fuertes que generen identidad y arraigo entre la población. ¿O acaso pueden serlo las maquiladoras? ¿La avenida Revolución en Tijuana? ¿Las iglesias evangélicas? ¿La comida china en Mexicali? ¿El Valle de Guadalupe?

Entonces, gran parte del ausentismo en las urnas en la entidad se debe a la exclusión social de amplios sectores de la población, a los débiles lazos y compromisos que establecen los ciudadanos con las ciudades, pero también a la ausencia de referentes y símbolos que propicien el arraigo de una población que, al parecer, siempre está “de paso”.

*El autor es analista político

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