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El Mexicali marítimo

Siempre que los mexicalenses nos pensamos a nosotros mismos, el escenario de nuestros logros y triunfos.

Por Gabriel Trujillo

Siempre que los mexicalenses nos pensamos a nosotros mismos, el escenario de nuestros logros y triunfos, de nuestra identidad comunitaria es el desierto, esa extensión árida, arenosa, llena de peligros por el golpe de calor, plena de espejismos que llevaron a los pioneros de la ciudad capital del estado a fundar una población en medio de la nada, pero que se construyó con sueños de prosperidad y trabajo a destajo. Sí, es cierto: los arenales, los calorones, el verano que se lleva más de la mitad del año, nos definen, nos dan un aire de gente terca, persistente, que no se arredra ante las inclemencias climáticas. Pero esta imagen de personas que se hicieron luchando contra viento y arena solo cuenta una parte de nuestro escenario natural, solo expone aquella porción de la leyenda que tiene que ver con la tierra en que hoy vivimos.

A muchos mexicalenses se les olvida que Mexicali también es, como municipio, como región, una zona fértil por las aguas del río Colorado y, sobre todo, por tener centenares de kilómetros de costas que dan al Mar de Cortés. Sí, somos gente del desierto, genuinos beduinos, si así queremos creernos, pero también somos hijos e hijas del mar, con tradiciones pesqueras que van desde las canoas indígenas con las que los nativos surcaban las aguas para conseguir alimentos marinos hasta las embarcaciones occidentales, tanto españolas como inglesas, que surcaron este mar desde hace ya varios siglos.

En mi caso, la primera vez que me percaté de que Mexicali era un territorio no solo desértico sino marítimo fue cuando contemplé detenidamente el mural que existe en la Biblioteca Pública del Estado a principios de la década de los años ochenta del siglo pasado, donde un galeón español aparecía como parte de nuestra historia regional. Y para eso debo dar algunos antecedentes: el arte público de nuestra entidad comienza realmente con la llegada a Mexicali, en 1966, de Carlos Coronado Ortega (1945), un pintor sonorense. Y la mejor prueba de ello la encontramos, para cualquiera que quiera confirmarla o rebatirla, en el mural que este pintor plasmara en el vestíbulo de la Biblioteca pública estatal en 1975, en nuestra ciudad capital. Este mural, titulado Los primeros pasos, es una síntesis magnífica de la historia de nuestra entidad. Un álbum de estampitas que recorre, en vertiginosa procesión, los momentos más importantes de Baja California: desde los ritos indígenas hasta el despegue económico del estado en la segunda mitad del siglo XX.

Y si regresamos a contemplar Los primeros pasos, podemos reconocer de inmediato la vigorosa creación, siempre llena de colores contrastantes, de episodios que brillan con luz propia, de nuestro pasado y de nuestra época moderna. En este mural ejemplar todo tiene su lugar y ninguna figura estorba a las demás. Por el contrario: cada personaje tiene el espacio necesario para desplegar sus actos, su personalidad. Cada historia cuenta sin eufemismos plásticos los valores de la bajacalifornidad: como una comunidad hecha de esfuerzos y bravura, de trabajo y saber. En suma, Los primeros pasos es, a casi cuarenta años de su realización, una obra maestra del muralismo bajacaliforniano, una obra pública para todos los públicos. El llamado a conocernos mejor a nosotros mismos.

¿Qué nos dice del Mar de Cortés este mural tan reconocido? Lo que Coronado nos cuenta es la historia de nuestra entidad en formato de viñetas en círculo, encadenadas por la vitalidad prodigiosa de sus trazos y por el deseo de mostrar el esfuerzo humano en el desarrollo de Baja California. De ahí que aparezcan los barcos de Hernán Cortés cruzando el mar que ahora lleva su nombre y vemos al propio conquistador español enarbolando el estandarte de la cruz al llegar a las tierras peninsulares. Con él trae la cultura de occidente como bendición y la espada, que representa la violencia contra los indígenas, como maldición. Pero el camino a la Antigua California es por mar. Lo que nos hace ver, en este mural, Carlos Coronado, es que nos hicimos parte de la Nueva España y más tarde de México mismo, gracias a la navegación por el Mar de Cortés. Esa es la lección que su obra, con tintes verdes y azules, nos rememora. Que Mexicali no es solo una región árida sino una zona costera donde el mar también es voz nuestra, identidad permanente, tesoro a conservar.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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