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Sueños de plata

Duna Dir. Denis Villeneuve

La esperada nueva versión de Duna, por la cual su director Denis Villeneuve peleó con AT&T por la decisión de estrenarla simultáneamente en cines y en la plataforma HBO Max, por fin ha llegado.

Por Manuel Ríos Sarabia

La esperada nueva versión de Duna, por la cual su director Denis Villeneuve peleó con AT&T por la decisión de estrenarla simultáneamente en cines y en la plataforma HBO Max, por fin ha llegado. Y llega con un ruido sordo y hueco.

Hace casi cuarenta años, en 1984, se estrenó Dunas (así se tituló en México en aquella ocasión) del iconoclasta David Lynch. Una película que si bien no fue muy bien recibida en su momento por un público que esperaba algo más cercano a La Guerra de las Galaxias, con el tiempo se convirtió en una cinta de culto, como toda la obra de Lynch. Dicho sea de paso que un año antes George Lucas intentó convencer a Lynch de dirigir El Retorno del Jedi, cosa que a Lynch le pareció francamente ridícula.

El productor italiano Dino de Laurentis, con la obra de Frank Herbert, tuvo mejor suerte para llevarse a Lynch al espacio. El viaje resultó algo espectacular, una visión nueva y enigmática en el cine de ciencia ficción. Una coproducción internacional con innovadores diseños de criaturas, dirección de arte y un impresionante reparto de nivel y procedencia mundial.

Lynch, a pesar de que finalmente renegó del resultado final, le imbuyó a Dunas una verdadera sensación de otredad y espectacularidad muy distinta a lo previamente visto y conocido como cine comercial de ciencia ficción.

La compleja historia de Herbert se puede resumir, en un par de líneas, a una alegoría sobre el colonialismo y la mítica figura mesiánica que llega, conforme dicta la profecía, a liberar a un pueblo oprimido y explotado. Los paralelismos son obvios y evidentes, la especia “melange”, que abunda en el desértico planeta Arrakis, es una droga alucinógena con infinitas propiedades, que es además una fuente de energía que hace posible los viajes interestelares. Por ello el control del planeta Arrakis es esencial para el emperador galáctico y las distintas “casas” planetarias.

Un juego político es puesto en marcha por el cambio de administración de Arrakis y se desata una intriga de poder shakespeareana, que lleva a Paul, hijo del duque Leto Atreides, a encontrar su destino en Duna.

La novela fue resumida, en la versión de Lynch, a una duración de dos horas veinte minutos, con el mismo tiempo en sus manos, Villeneuve cuenta la mitad de esa historia, con un diez por ciento de la imaginación.

Villenueve parece haberse propuesto eliminar de su producción todo aspecto que la haga parecer algo fantástico y espléndido. En cambio, su intención es aterrizar Duna al más monocromático (y monótono) realismo lapidario. La sensación resulta como si el director se avergonzara tanto de la fuente que intenta sumergir la cabeza en la arena, literalmente. Y así, lo único presente en pantalla son colores (si aún se les puede llamar) grises y óxidos, que cubren todo y a todos.

¿Por esto Villeneuve peleó la exhibición cinematográfica a toda costa, acusando a AT&T de haber secuestrado a Warner Bros. y de carecer de amor por el cine?

Pero la insípida visión de Villeneuve no se limita únicamente al aspecto estético de la cinta, la sosería avasalla también las interpretaciones del extraordinario reparto, logrando desperdiciar talento del calibre de Oscar Isaac, Javier Bardem, Stellan Skaarsgard y Josh Brolin.

Timothee Chalamet pasa como sonámbulo en su papel del profético mesías, que sigue sus visiones de Chani, una, igualmente parca, Zendaya.

No hay nada remotamente cinemático en esta nueva visión de Duna, que lejos de querer transportar a los espectadores a otros mundos, pretende encadenar cualquier posibilidad de los mundos fantásticos a un doloroso realismo, indiferente y grisáceo.

El contraste entre ambas versiones cinematográficas ha desatado apasionadas discusiones entre defensores de Villenueve y seguidores de Lynch. El abismo entre ambas visiones es más inmenso que los colosales gusanos de arena que habitan bajo la arena de Arrakis.

En su “conclusión” Villeneuve, de forma nada sutil, manifiesta que esto es sólo el principio. El sólo pensar en la idea de visionar un par de entregas más me deja agotado.

No hay duda que esta será la Duna de esta generación, pero para quienes prefieren algo más “allá”, siempre estará ahí la de Lynch.

Quizá las óperas espaciales no necesariamente requieran de naturalismo extremo. A veces un poco de “Flash Gordon” puede hacer maravillas.

* El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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