Columnas Mar de fondo

¿Democracia o autoritarismo?

Poco a poco, gradualmente, han ido quedando más claras las motivaciones de fondo que llevaron a muchos electores en México a votar por Morena y más específicamente por Andrés Manuel López Obrador.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Poco a poco, gradualmente, han ido quedando más claras las motivaciones de fondo que llevaron a muchos electores en México a votar por Morena y más específicamente por Andrés Manuel López Obrador. De alguna manera se han ofrecido ya varias explicaciones, pero muy pocos han agregado un ingrediente que parece estar en el centro del voto lopezobradorista.

Este ingrediente tiene que ver con el hecho de que, por lo menos en el grueso de los votantes por Amlo, la expectativa más fuerte radica en un cambio en las condiciones de vida o en un gobierno más preocupado por lo que se conoce o se entiende como la “justicia social”.

Los que votaron por Amlo (y los que lo apoyan en todo), son ciudadanos que esperan  que los cambios más radicales del gobierno se enfoquen hacia las condiciones materiales de vida, que mejoren los empleos y los salarios, aumente la protección social y el acceso a los servicios como la educación y la salud, etcétera, al mismo tiempo que se espera un combate frontal contra la corrupción.

Son las expectativas que se fortalecieron a partir del desastre de los gobiernos anteriores, tanto del PAN como del PRI, pero también se alentaron a partir del liderazgo providencial (o paternal) de López Obrador, que puso en el centro hacer un gobierno de  para los pobres.

Es irrebatible que la pobreza y la desigualdad social constituyen los problemas más graves del país y que no se puede aspirar a cambiar nada si no se atienden seriamente.

Pero de ahí a suponer que el resto de los problemas no importan o que no requieren la misma atención hay una gran diferencia, y un peligro latente de crear otros desequilibrios.

Entre estos problemas que el nuevo gobierno y sus simpatizantes están dejando de lado está el Estado de Derecho y más específicamente la democracia como forma de gobierno, que son aspectos infravalorados entre los votantes de Amlo, pero también entre amplias franjas de la sociedad mexicana desde hace años.

La democracia, para simplificarlo un poco en este espacio, implica varias cosas pero entre ellas la restauración de la legalidad, la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), la autonomía de algunos órganos, el respeto a la pluralidad, la libertad de expresión y de organización, el derecho a disentir y criticar al gobierno y funcionarios, más otros que se conocen más como votar y elegir a las autoridades.

Durante el largo trayecto que supuestamente representó la “transición a la democracia” en México que cubre un periodo que va desde las primeras reformas de los años 70 hasta el 2000, más los últimos 19 años en los que teóricamente se consolidaría, la democracia como valor y como forma de vida simplemente no permeó en la gran mayoría de los mexicanos, pero tampoco entre los partidos y la clase política.

Ahora, con el gobierno de Amlo se están viendo acciones y políticas que contradicen o son contrarias a la democracia política y nadie o muy pocos protestan o señalan, como si fuera algo intrascendente. Un nítido ejemplo es Morena, un partido vertical, sin reglas claras que actúa igual que las camarillas del pasado. En BC está el caso de la “Ley Bonilla”, que busca alterar el periodo de gobierno violentando algo que nadie aprecia o entiende, como es el principio democrático del respecto al voto popular.

Otros muchos aspectos son contrarios a la democracia o a un régimen democrático como son la concentración del poder en una sola persona o en la figura presidencial, la desarticulación de las organizaciones de la sociedad civil, la descalificación de la crítica o de los medios y personas que la ejercen, la disminución de la pluralidad y la inclinación tácita del nuevo gobierno por la homogeneidad en el pensamiento.

A nivel local, por ejemplo en Baja California, se aprecia en las filas de Morena y sus principales liderazgos (o patrones, que es más correcto) un acentuado autoritarismo y una visión anacrónica de ejercer el gobierno, acciones o actitudes que se confunden con la necesidad de producir cambios, como si el cambio para que lo sea, tiene que ser de un gobierno autoritario.

En México tenemos bastantes estudios empíricos que indican el bajo aprecio que tienen muchos ciudadanos por la democracia. En la última encuesta de Latino barómetro  2017), sólo el 54% (el más bajo de América Latina) piensa que la democracia es el mejor sistema de gobierno. Y los que creen que en algunas circunstancias un gobierno autoritario es mejor que uno democrático, sigue siendo muy alto.

Es decir, en México tenemos un terreno fértil para que crezca y se fortalezca el autoritarismo de los gobiernos. ¿Avanzamos hacia allá?

*El autor es analista político

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