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De pioneros mexicalenses y otras historias

Mexicali es una ciudad nacida como campamento provisional, como pueblo a punto de ahogarse, como metrópoli en el papel antes que en la realidad.

Por Gabriel Trujillo

Mexicali es una ciudad nacida como campamento provisional, como pueblo a punto de ahogarse, como metrópoli en el papel antes que en la realidad. Pero ahí va: creciendo a marchas forzadas. Por voluntad de propios y de extraños. Casa por casa. Edificio tras edificio. Pero también lo hace a través de la creación artística, de grupos culturales, de espíritus afines en el arte y la cultura como espacios de convivencia, de civilización y civilidad. Un Mexicali que intuye su destino, su futuro: ser muchas ciudades en una, muchas culturas que aquí convergen para crear una nueva sociedad, una metrópoli muy siglo XX, abierta a todos los sueños del mundo, a todas las promesas de la imaginación. En sus inicios, como campamento agrícola, Mexicali construye, frente a la nada del desierto, su propia cultura. Un mundo de nómadas y soñadores que han apostado por esta región del país para edificar una ciudad a imagen y semejanza de su terquedad, de su porfía.

En 1902 se escrituran los planos de Mexicali y Caléxico. En 1903, las primeras autoridades son nombradas para darle al lugar una fachada de ley y orden. Pero la primera década de existencia de la ciudad es de lucha constante contra la naturaleza que no acepta, de buena gana, su domesticación: plagas de insectos, altas temperaturas, inundaciones del Río Colorado y temblores de tierra son algunos de los episodios que deben enfrentar los primeros habitantes, los pioneros que se esfuerzan por vivir, casi a la intemperie, en una planicie arenosa donde solo hay, para el que decide quedarse, sangre, sudor y lágrimas. Pero esta situación no dura mucho tiempo. Las primeras evidencias de una vida cultural que lo mismo busca el conocimiento que la diversión aparecen en una misma familia: por un lado, la señorita Mercedes Carrillo se convierte en la primera maestra oficial en dar clases en Mexicali, a la vez que su padre, don Expectación Carrillo, construye el primer edificio para uso comercial. Pronto, Juan Jassaud, un comerciante de origen vasco, abre la primera cantina. Como lo menciona José Castanedo en 1952, el primer baile se da con la inauguración de la fonda de una mujer que todos llaman “la señorona” por su corpulencia. Y así: “Invitó a sus clientes y amigos para festejar el suceso. Las pocas familias que había y otras que vinieron del lado americano organizaron un baile en la ramada de “cachanilla” que se levantó en el lote contiguo. Dos guitarras, una mandolina, un violín, una flauta y un arpa hicieron la música. Se bailó hasta las 12 y media de la noche, en cuanto pasó el abrazo del nuevo año, pues el intenso frío no los dejó continuar.” Porque desde los primeros mexicalenses ya el trabajo y la diversión eran la misma cosa, el mismo espíritu. Comunidad fiestera y laboral bajo la sombra de los mezquites.

Para 1918, el periódico La Vanguardia reportaba corridas de toros, jaurías de perros sueltos que mordían al menor descuido, formación del primer club de ajedrecistas, a la vez que se mencionaba la gira del dueto Llera, formado por dos cantantes mexicalenses unidos en matrimonio: Felipe Llera y Julia Floria, que salían de gira por recintos de Los Ángeles y de San Diego, a los que se les deseaba el mejor de los éxitos en sus presentaciones “en el estreno del Teatro Hidalgo de la primera de aquellas poblaciones y en el elegante grill del Hotel Grant de San Diego”. Sin embargo, tal vez la noticia que más interesó a los lectores mexicalenses de La Vanguardia fue la gran barata de muebles de la Imperial Hardware, mueblería con siete tiendas en El Centro, Calexico, Brawley, Hotville, Imperial, Seeley y Calipatria: “este establecimiento tan popular entre los mexicanos, ha estado recibiendo las visitas constantes de su numerosa clientela”, que iba en busca de “modelos muy elegantes y tan buenos como los que se venden en las grandes mueblerías de Los Ángeles”, como gabinetes de costura y mesas para teléfonos. Desde el mirador contemporáneo, esta estrecha relación entre los comercios del otro lado y la población del lado mexicano no ha sufrido muchas transformaciones. Seguimos siendo, como en 1918, una sociedad fronteriza con perros sueltos que causan estragos, clubs de aficionados a toda clase de actividades sociales, eventos multitudinarios en plazas locales, giras de concierto y grandes anuncios de ventas de temporada. En realidad nosotros, los mexicalenses, ¡qué poco hemos cambiado!

*El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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