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¿Cuál es el origen de la violencia?

Nunca antes se había visto en México o en BC que los grupos de la delincuencia y el crimen organizado actuaran de manera “concertada” en varios estados del país, incendiando automóviles y comercios o bloqueando caminos y carreteras para imponer el pánico entre la gente.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Nunca antes se había visto en México o en BC que los grupos de la delincuencia y el crimen organizado actuaran de manera “concertada” en varios estados del país, incendiando automóviles y comercios o bloqueando caminos y carreteras para imponer el pánico entre la gente. En BC, por ejemplo, todas las acciones se hicieron el mismo día y casi a la misma hora en la mayor parte de los municipios.

Fue una acción cuya intencionalidad es difusa, aunque es evidente que su propósito tenía como fin enviar un “mensaje” al gobierno del país, no a nivel local, como mal interpretó la alcaldesa de Tijuana. Pero, ¿un mensaje de poderío y de capacidad de respuesta ante posibles ataques de parte del gobierno? ¿Un mensaje para oponerse a una decisión como la posible intervención del Ejército en actividades de seguridad pública? ¿Un mensaje para qué? ¿Qué pide o reclama el crimen organizado?

O también, como una inquietud que surge desde el fondo de la sociedad: ¿no son estas acciones “acordadas” con las autoridades para justificar que el gobierno militarice la seguridad nacional?

Mientras el gobierno en todos sus órdenes no informe o diga con toda claridad cuál es el trasfondo de las cosas, estas preguntas mantendrán toda su validez.

Mañana el gobierno va a tender a minimizar el hecho para esconder la verdadera dimensión que tiene. Pero, lo cierto, es que la semana pasada asistimos a un acontecimiento inédito que puede cambiar las coordenadas de la convivencia en México, así como el carácter del gobierno. Por primera vez estamos viendo que el crimen organizado –independientemente de su heterogeneidadpuede actuar como un bloque y llevar a cabo acciones terroristas para desestabilizar el país a través de acciones violentas.

¿Es posible que estos grupos que han recibido el “mejor” trato del gobierno de López Obrador con su política de “abrazos, no balazos”, estén tratando de socavar su gobierno, creando un caos y un clima de terror en todo el país? ¿Es tal ahora su fortaleza que les permite estar en condiciones de imponer sus condiciones al gobierno?

O bien, ¿hay alguien en otro ámbito (político o económico) que está tratando de desestabilizar o crear una crisis inmanejable al gobierno de AMLO en el momento en que se preparan las elecciones de 2023 y la de 2024, pero además se asoma una crisis inflacionaria de enorme impacto social entre la población más pobre del país?

O también, es válido preguntar, ¿se está preparando un escenario crítico de final de sexenio, construido desde arriba (en las esferas del gobierno) para justificar o suspender el proceso electoral del 24 y proponer una extensión del periodo presidencial o el nombramiento de un sustituto hasta que haya nuevas condiciones en el país?

El modo de actuar que ha tenido AMLO a lo largo de todo este tiempo da lugar a todas estas preguntas. Su pensamiento es conspirativo y maquiavélico (con perdón de Maquiavelo por el mal uso del término), pero como dijo el clásico: “Todo lo que está pasando en el país es muy raro”.

Los grupos del crimen organizado en México han vivido, por decirlo así, su mejor época a partir de la política de López Obrador. Eso les ha permitido, al parecer, avanzar y desplegarse y tomar posesión de amplios territorios y ciudades enteras. Se mueven con plena libertad por todas partes ante la ausencia de la policía y la pasividad del Ejército y la Guardia Nacional.

AMLO no ha querido ceder un ápice en esta visión. Nadie lo convence de que está cometiendo un grave error. Ha creído ciegamente que en eso consiste “pacificar” el país y que, a largo plazo, serán más los frutos que los costos.

Sin embargo, es muy posible que ahora, producto de estas nuevas condiciones, los grupos delincuenciales exijan más, así como una cohabitación estrecha con el gobierno, controlando amplias zonas del país, cobrando tributos e imponiendo el orden a través de la violencia contra la población.

Una pregunta clave en todo esto es: ¿El Ejército va a permitir que esta nueva realidad cristalice? ¿Cuál es la postura del Ejército? ¿Comparte la política de abrazos y no balazos a cambio de otras prerrogativas?

Cualquiera que sea la respuesta que se dé a estas preguntas e inquietudes, lo cierto es que, al parecer, el mismo gobierno ha engendrado a un nuevo enemigo (¿o aliado?) que posiblemente reclame mayores espacios y nuevos “acuerdos”. Lo hemos visto a lo largo del sexenio durante las elecciones estatales.

¿O es que de plano vamos hacia un “narco-Estado?

*El autor es analista político

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