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Columnas Mar de fondo

¿Cuál es el fin de la consulta?

La consulta popular promovida por el presidente Andrés Manuel López Obrador para el 1 de agosto es un ejercicio en el que, con toda justicia, se puede decir que los del gobierno “se hicieron bolas”.

Por Benedicto Ruíz Vargas

La consulta popular promovida por el presidente Andrés Manuel López Obrador para el 1 de agosto es un ejercicio en el que, con toda justicia, se puede decir que los del gobierno “se hicieron bolas”. 

Originalmente López Obrador propuso una consulta popular para enjuiciar a los expresidentes del país, desde Salinas de Gortari hasta Enrique Peña Nieto, por una serie de irregularidades que habían cometido según su visión particular. Sin embargo, no obstante esta pretensión, AMLO se declaró en contra de este mecanismo porque no estaba a favor de la venganza, según dijo.

Que más que el pasado, había que mirar hacia adelante. Pero, de todos modos, era muy importante que el pueblo decidiera o participara. El problema surgió cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), que tomó el tema después de que el Senado lo había rechazado, cambió el texto original de la pregunta y formuló un completo galimatías. 

En la pregunta de la Corte, que es la que va a aparecer en la papeleta de la consulta, ya no se indaga si se está de acuerdo o no en enjuiciar a los expresidentes, sino que para no caer en ilegalidades propone que se lleven a cabo “acciones pertinentes” para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en el pasado por “los actores políticos”. 

¿Cuáles actores políticos? ¿Cuáles decisiones políticas? La Corte no se atrevió a darle una negativa a López Obrador y para salvar la situación propuso una pregunta absurda que no resuelve nada y de la cual, incluso si llegara a ganar el sí, no se desprende necesariamente que pueda iniciarse una investigación y un juicio en contra de los expresidentes mencionados.

 En vista de esta apabullante realidad, hay algunos promotores y defensores de la consulta que han tratado de encontrarle otras virtudes como la participación política, por ejemplo, pero es evidente que si este ejercicio no sirve para juzgar a los expresidentes, como era su propósito original, pues entonces no tiene sentido. No se puede llamar a una consulta para una cosa y decir que es para otra. La pregunta realmente importante a partir de todo esto es, ¿por qué entonces hacer la consulta? ¿Por qué no cancelarla o cambiarla y concentrar la atención en otros asuntos más importantes? ¿Por qué gastar 522 millones de pesos en algo en lo que no se tiene claro para qué va servir? ¿Por qué no aceptar que se cometió un error por parte del gobierno? 

La respuesta es porque la finalidad última de la consulta y de todo el planteamiento de juzgar a los expresidentes es de carácter político. Aquí no se trata de emprender un conjunto de acciones y procedimientos legales y judiciales para someter a la justicia a varios expresidentes, que bien lo podría hacer López Obrador si él quisiera, sin necesidad de consultar a nadie. 

De lo que se trata es de que la gente, el pueblo, las masas, etcétera, puedan hacer un deslinde mental, social y político con los gobiernos que AMLO ha caracterizado como neoliberales, identificándolos como una de las etapas más oscuras del país y como los principales responsables de los graves problemas que padece hoy como la pobreza, la corrupción y la violencia. 

Algunos analistas podrán decir, como el autor de esta columna, que este juicio hacia los expresidentes ya se hizo en realidad en la pasada elección presidencial de 2018, cuando la mayoría de los electores votaron en contra de partidos como el PAN y el PRI. 

La gente ya los juzgó y, de ese juicio, emergió el triunfo de López Obrador. Eso representó el fenómeno del obradorismo. Sí, en efecto, pero AMLO quiere que esa expresión electoral sea explícitamente una condena de parte de la gente hacia los expresidentes, una condena al pasado y, al mismo tiempo, que de esa condena surja o se consolide la perspectiva que representa la 4T, Morena y el obradorismo. 

Es decir, la consulta no sólo es para propiciar que la gente se pronuncie en contra de los neoliberales, sino para reforzar y consolidar el movimiento que intenta representar López Obrador. La consulta, como ya se está viendo desde ahora, moviliza a todos los bandos, confronta a la gente y de alguna manera la hace discutir un tema que no estaba en su agenda cotidiana. 

De la consulta quizás no salga nada, pero habrá obligado a la gente a discutir y a definirse, que es algo mucho más importante para AMLO que cualquier otra cosa. Crea la sensación de que las cosas están cambiando o se están “moviendo”. 

Sin embargo, desgraciadamente, mientras la gente discute sobre los expresidentes, el país se desliza por una pendiente llena de problemas frente a los cuales las respuestas del gobierno de López Obrador son tibias e insuficientes. Ya hay hartazgo sobre ello, y empieza a aflorar mientras se discute sobre la consulta. Lo veremos en los resultados.

*El autor es analista político.

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