Columnas

Congo Belga: una triste historia

A finales del siglo XIX el continente africano aparecía pintado de diversos colores en los mapas, según cual fuera la potencia colonial europea que dominara sus inmensos territorios.

Por Jaime Navarro

A finales del siglo XIX el continente africano aparecía pintado de diversos colores en los mapas, según cual fuera la potencia colonial europea que dominara sus inmensos territorios. En aquellos mapas muchas fronteras tenían una sorprendente peculiaridad: eran líneas rectas. Por lo tanto, artificiales. La razón era simple: se habían trazado con una regla y un compás en las mesas de los ministerios de las potencias coloniales. Tras el Congreso de Berlín (1884-1885) el reparto de África se realizó como si aquel inmenso continente estuviera vacío, como si allí no vivieran pueblos que tenían una historia y sus propias culturas. Antes de ser una colonia, el Congo fue una propiedad personal del rey de Bélgica Leopoldo II, curiosamente padre de Carlota, esposa de Maximiliano de Habsburgo.  Lo que ocurrió en aquel extenso territorio selvático del corazón de África a finales del siglo XIX y principios del XX no dice nada en favor de este monarca y de los europeos en general. Entre 1890 y 1910 se perpetró en el Congo una matanza que algunos libros de historia ni siquiera mencionan. Lejos de sus países, muchos de los europeos que se instalaron en el Congo se convirtieron en seres brutales, sin piedad alguna por los indígenas. En pocos años el Congo de Leopoldo II fue devastado y su población explotada, sometida a toda clase de castigos corporales. Algunas escenas de las brutalidades cometidas allí por los compatriotas de Leopoldo II son escalofriantes. Lejos de sus países, muchos de los europeos que se instalaron en el Congo se convirtieron en seres brutales, sin piedad alguna por los indígenas. Leopoldo II subió al trono en 1865. Su país era pequeño y muy joven; había obtenido la independencia treinta y cinco años antes al separarse de Holanda. Pero Bélgica se estaba industrializando y su monarca era un hombre ambicioso de poder. Antes de ser coronado ya decía que a su pequeño país le faltaba una colonia.  Pero, ¿dónde podía hacer realidad sus sueños coloniales el rey de los belgas? En América, no; allí se vivía un proceso contrario a la colonización. En Asia, tampoco, puesto que rusos, ingleses, franceses y holandeses habían ocupado los últimos territorios en el siglo XIX. Solamente en África quedaban espacios en blanco. Los fines humanitarios que Leopoldo II decía querer llevar a cabo en el Congo eran básicamente dos: combatir el tráfico de esclavos y defender a los misioneros católicos y protestantes que ejercían su labor entre los nativos. Una de las razones por la que las potencias europeas defendían el colonialismo en África era acabar con el comercio de esclavos, en manos de musulmanes, árabes sobre todo. En las regiones del este del Congo se practicaba este deplorable tipo de comercio. El rumbo definitivo de las ambiciones de Leopoldo II vendría definido por los éxitos de un hombre clave en la historia del Congo: Henry Morton Stanley, el hombre que había encontrado a Livingston, y le había encargado que explorara la cuenca del Congo. Que negociara pactos comerciales con los jefes nativos y estableciera puestos a lo largo del río. En otras palabras, que “preparara el terreno” para una futura explotación del territorio. En las décadas de 1860 y 1870, la sociedad ilustrada de Europa y Estados Unidos seguía deslumbrada la aventura de las grandes expediciones al África desconocida. La expedición de Stanley confirmó que el río Congo era una magnífica vía de acceso al África central, y que dicha área era transitable y explotable.

*- El autor es ex presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana.

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