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Baja California como destino marítimo

Con la caída de Tenochtitlan, ciudad capital y centro religioso del imperio Mexica, la gran riqueza hallada en ella trajo como consecuencia que los españoles quisieran encontrar el sitio de donde procedían tesoros tan abundantes.

Por Gabriel Trujillo

Con la caída de Tenochtitlan, ciudad capital y centro religioso del imperio Mexica, la gran riqueza hallada en ella trajo como consecuencia que los españoles quisieran encontrar el sitio de donde procedían tesoros tan abundantes.

Por ello, a partir de 1521, Cortés ordenó a sus capitanes nuevas exploraciones que llevaron al descubrimiento de las costas occidentales de México y mandó hacer dos barcos en Acapulco, que encomendados a Diego de Hurtado, primo del propio Cortés, zarparon en mayo de 1532.

Del navío de Hurtado nunca más se tuvo noticias y el otro acabó en Jalisco, debido a un motín a bordo, Cortés no se arredró y mandó construir otros dos barcos, con los que logró la exploración de la Baja California, pensándola isla y no península.

Los navegantes que exploraron la península durante los siglos XVI y XVII fueron la punta de lanza de la expansión española en el océano Pacífico. Su objetivo era, principalmente en las expediciones de Juan Rodríguez Cabrillo (1542) y Sebastián Vizcaíno (1600), tomar conocimiento de las posibles riquezas de la costa californiana, sobre todo de los placeres de perlas.

Además, debían buscar fondeadores propicios y playas seguras para el establecimiento de futuros puertos; los principales datos científicos que obtuvieron abarcaban la dirección de los vientos y las corrientes marinas, así como el resultado de los diferentes sondeos que hicieron cuando les fue preciso sortear escollos o arrecifes.

En los mapas de aquellos tiempos, Baja California aparecía cada vez con mayores detalles geográficos: los de bahías, ensenadas, cabos e islas. Los que antes eran territorios desconocidos se poblaban de números y nombres: latitudes, longitudes y el nombre de un santo o el de una virgen.

Donde antes señalábase  como tierra ignota, surgieron el cabo de San Lucas, la punta de San Lázaro o la bahía Magdalena. El conocimiento geográfico iba sustituyendo paulatinamente a la leyenda y esta región se volvía menos vaga e imprecisa en la visión de los novohispanos y españoles, que buscaban en estas tierras nuevos tesoros para su saqueo o explotación.

Por eso Sebastián Vizcaíno, Nicolás de Cardona o Francisco de Lucenilla, buscaron tanto un paso entre el Golfo de California y el océano Pacífico, como los sitios más adecuados para la explotación de las perlas marinas. Lo primero que descubrieron estos exploradores fue que el Océano Pacífico no tiene nada de pacífico. Numerosas naves salieron de Mazatlán o Acapulco rumbo a Baja California y nunca se supo más de ellas. El mar se las tragaba sin revelar el misterio de su desaparición. Así, galeones, corbetas, veleros, naos, balleneros y barcos de todo calado recibieron sepultura entre las aguas agitadas del Pacífico mexicano.

El tráfico marítimo primero decreció cuando el imperio español entró en franca decadencia a partir del siglo XVIII. Sumado a las luchas de independencia y a las posteriores guerras civiles e invasiones militares que nuestro país sufrió de 1810 a 1867, los barcos españoles y mexicanos fueron disminuyendo su presencia en las costas de Baja California.

Al mismo tiempo, por los imperativos de la fiebre de oro que tuvo su boom entre 1849 y 1860, miles de buscadores de rápidas fortunas se embarcaron en cuanta embarcación tuvieron a su alcance para alcanzar la costa dorada de California. Pronto, también, las poblaciones costeras de nuestra península fueron testigos de naufragios y tragedias que sólo dejaron, como testimonios, cuerpos sin vida en nuestras playas y restos de las naves hundidas.

Pero también trajeron un tesoro más valioso que el oro y las perlas: la llegada de hombres y mujeres provenientes de otras regiones de México o del mundo que, por imperativos políticos o económicos, acabaron desembarcando en nuestra península para hacer aquí una nueva vida, sí, pero también para enseñar a los bajacalifornianos los saberes que traían con ellos, los conocimientos de sus respectivos países de origen, ya fueran estos las naciones europeas, China, los Estados Unidos o de Sudamérica.

A partir del siglo XIX hasta nuestros días, el afán por llegar a Baja California ya fuera por motivos de codicia, como en la fiebre del oro californiana, o por motivos de huida política para escapar de dictadores y gobiernos atrabiliarios, llevó a que oleadas de personas de distintas culturas y lenguas desembarcaran en nuestras costas y aquí comenzaran una nueva trayectoria vital, sumándose así al esfuerzo de todos los bajacalifornianos, convirtiéndose ellos mismos en bajacalifornianos. De esa clase de migrantes venimos. De esa clase de migraciones proviene nuestra cultura.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua

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