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Adiós, Tijuana

Siempre he recurrido a la ficción como un recurso ante las insuficiencias de la vida.

Por Roberto Quijano Luna

Siempre he recurrido a la ficción como un recurso ante las insuficiencias de la vida. Sea en forma de novelas o de películas, los mundos creados siempre han sido personalmente una fuente de inspiración y motivación. Indudablemente debo mi formación personal y profesional a mi privilegiada crianza e instrucción; empero, adeudo gran parte de mi cosmovisión a los universos de Tolkien, Harry Potter, Zelda, Star Wars, Batman y demás. En ellos, he encontrado arquetipos, símbolos y narrativas que colorean y nutren mi insignificante cotidianeidad.

Desde pequeño fui fanático de libros de aventura al estilo de Julio Verne o Jonathan Swift o películas como Indiana Jones o Lawrence de Arabia (basada en la vida de T.E. Lawrence). El arquetipo del héroe que busca significado en su vida a través de la aventura quedó particularmente grabado en mi forma de ver el mundo. Toda nueva tarea o reto representa un nuevo horizonte o aventura que asumir.

Mi primer gran partida fue a los 17 años al mudarme a la Ciudad de México para estudiar la licenciatura. Fueron años de arduo trabajo, altibajos, alegrías, tristezas, amores y demás componentes de una gran aventura. Seguidamente, a mis 22 años fui estudiante de intercambio en Francia y allí comenzó mi pasión de viajero solitario. Tuve oportunidad de conocer numerosos lugares dentro de la Unión Europea, llegando a hostales, durmiendo en estaciones de tren y demás. Quedé adicto a ese estilo de vida.

Al regresar a México, trabajé para ahorrar para mi siguiente gran viaje al recibirme de abogado. Planeé mínimamente mi viaje por Oceanía y el Sudeste Asiático y pude vagabundear con mi mochila alrededor de 5 meses como viajero de presupuesto bajo. En otra ocasión les compartiré mis vivencias de aquella odisea.

Esta fue mi última gran aventura viajera. Al volver me di cuenta que si bien hay muchos lugares por conocer, a mi edad, la próxima aventura era una quizá no tan emocionante pero sí de grandes satisfacciones: la vida profesional de joven adulto.

Les confieso que desde que comencé a trabajar en Tijuana formalmente como abogado, escribir en este diario y demás actividades, por primera vez me siento en casa. Así como en la Odisea, Ulises intenta regresar a Ítaca, para mí, Tijuana es mi tierra prometida. No cambiaría este rincón de la patria por nada del mundo.

Sin embargo, siempre hay un llamado más que me obliga a partir nuevamente. En esta ocasión se trata de mi maestría. Así como mis viajes representan grandes aventuras, mis estudios igual son un reto apasionante.

La vida me ha dado la fortuna de estudiar en escuelas privilegiadas desde primaria hasta la universidad. Por fortuna, ahora fui aceptado en uno de los mejores programas de administración pública del mundo en la Universidad de Syracuse en Estados Unidos. Al escribir esta columna, me encuentro en mis últimos días en mi querida Tijuana. Pero siempre amenazo con volver y lo cumplo.

Espero me sigan leyendo en este mismo espacio, ahora en calidad de estudiante de maestría en administración pública en la Universidad de Syracuse.

*El autor es abogado y estudiante del programa Atlantis en Syracuse University/Hertie School of Governance.

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