Columnas Voces sin alma

Termómetro mental

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Es evidente que la comunicación se hace día a día más virtual. Más gente pasa la mayoría de su comunicación con el otro en la red, incluyo al celular que está totalmente integrado a la misma. La persona comunicándose con otra persona, que, sin embargo, no siempre es persona, puede ser un robot. Un grave reto nos dan los famosos “bots” de Internet. Son robots cuyo programa ejecuta actividades con forma humana, hasta ahora son relativamente simples y repetitivos. Más de la mitad del tráfico en la red es de robots, poca gente lo sabe. Los riesgos son varios y los expertos en computación lo entienden bien, tiene sus virtudes como en la corrección del texto y vigilancia de actos de pedofilia. ¿Quién no ha recibido una llamada robot con propaganda política? Yo me referiré al riesgo en lo mental colectivo, en la cultura. En particular el “bot” conversacional, aquel que permite a la máquina “hablar” con una persona. Recientemente Google presentó el programa DeepMind WaveNet (algo así como mente profunda) que simula a un humano con tanto realismo que mantiene una conversación sin que podamos distinguir que es una máquina. Tan es así que se ha tenido que establecer una regla de aviso de que con quien se está hablando es un robot, para no cometer fraude al hacernos suponer que nos atiende una persona. Es un programa tan sofisticado que asume coloquialismos, circunloquios y pausas idénticas al humano. De hecho, se alimenta de nosotros, toma nuestras conversaciones para generar esos estilos tan aparentemente humanos y regionales. Seguramente muchos de ustedes ya hablaron con Siri, a las nuevas generaciones les resulta difícil distinguir que es artificial. Pueden ser programadas para imponer ideas, mucho en el Facebook partió de un robot. Se pueden generar “fake news” y moldear ideologías introduciendo un sesgo hacia un discurso que porta mensajes explícitos, o imperceptibles, que nos determinan la forma de pensar. El simple hecho de no poder distinguir en una conversación electrónica que se trata de la voz y contenido de una máquina genera una sensación siniestra. Imagino escenarios de conversaciones eróticas en donde la máquina va identificando los patrones de goce del usuario y le responde acorde. Máquinas que extorsionen y roben en automático. Máquinas hacia las que habrá enamoramientos y eventualmente matrimonios virtuales. Máquinas que a su vez controlarán los robots domésticos pudiendo dominar más que servir al usuario. Máquinas que escuchen y vean tu intimidad. Ya veo un patrón en los pacientes paranoides de tapar las cámaras de sus máquinas para evitar ser grabados, y no es una locura sino una realidad. Les recomiendo ver la magnífica película “Odisea del espacio” y su batalla humano-computadora. Por cierto, esto lo escribió un humano, verificado. * El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.

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