Columnas Pesadilla en el infierno Dir. Pascal Laugier

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

Diez años después de “Martyrs” (2008), la que podría considerarse una verdadera obra maestra del nihilismo dentro del cine de terror, e indudablemente el mejor trabajo en la corta filmografía de Pascal Laugier, el director francés presenta su segunda cinta filmada en inglés. Después de lo que para muchos resultó una decepción, “El hombre de las sombras” (The Tall Man, 2012), por no tratarse realmente de un trabajo dentro del género de terror, sino un revés narrativo que se enfocaba en el maltrato infantil y su fantástica solución a este, Laugier retoma una línea narrativa en que presenta de nuevo un mundo desolado, cruel e implacable. Su “Pesadilla en el infierno” ofrece brutalidad pero, aparentemente, sin el contenido filosófico ni social presente en sus dos anteriores cintas. En esta ocasión Laugier pareciera haberse propuesto realizar una nueva versión de la “Masacre en Texas” de Tobe Hooper (Texas Chainsaw Massacre, 1973) y juzgando por el nivel de violencia que alcanza y la angustia que logra infligir sobre el espectador, todo indicaría que lo ha logrado. Pauline (Mylene Farmer) y sus dos hijas, Vera (Taylor Hickson) y Beth (Emilia Jones) se mudan a la que fue casa de su tía, una vieja residencia en medio de la nada, decorada con todos los clichés del cine de terror, cabezas de animales en las paredes, colecciones de muñecas que se desbordan de las habitaciones, cajas chinas que ocultan aparatosos sobresaltos, un tenebroso sótano y obviamente, la mínima iluminación posible. En resumen, el lugar indicado para una experiencia aterradora. Ni bien diez minutos después de llegar, aun desempacando maletas, la casa es invadida por un par de individuos que representan al arquetipo de asesinos salvajes y que reproducen a dos de los personajes principales de la citada “Masacre en Texas”. Previo a la invasión se establece que Beth aspira a convertirse en escritora de terror, teniendo como ídolo y modelo a H.P. Lovecraft (quien hace una breve aparición espiritual), y es a través de la escritura, que intenta, años después, escapar del trauma generado por la violencia experimentada junto a su madre y hermana, a manos de los brutales invasores. Sin motivación alguna aparente, Vera y Beth son sometidas a violencia extrema y abuso sexual, vestidas y maquilladas como muñecas para el placer del enorme “ogro” subnormal y la “bruja” que ahora habitan la lúgubre residencia. A través de una insoportable embestida a base de golpes y tortura a las dos chicas adolescentes, Laugier se propone demostrar la atrocidad de los clichés del género y la forma en que este presenta a mujeres jóvenes y hermosas como carne de cañón para expresar los deseos misóginos y el sadismo, tanto de los creadores como de los consumidores de este tipo de “entretenimiento”. Justo en esa encrucijada, nos empuja a preguntarnos ¿Por qué estoy viendo esto? Y pareciera que esa es precisamente la reflexión a la que intenta encaminar al espectador, confrontándolo con el espejo, el cual, como en la narrativa, será necesario atravesar para salir de la fantasía hacia la realidad. Tras soportar 90 minutos de sufrimiento, en la piel y desde el punto de vista de las víctimas, la intención del espectador ante lo que consume por placer es replanteada, así como la importancia de su rol en este “juego”. ¿Quién es en realidad la víctima y quién el verdugo? El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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