Columnas Isla de perros

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

Dir. Wes AndersonPara su noveno largometraje Wes Anderson regresa a la animación cuadro por cuadro con una fábula (en el estricto sentido) canina, que se desarrolla en un Japón pos Fukushima, del futuro cercano. La gripe canina ha alcanzado niveles catastróficos y la decisión política es enviar a todos los perros a una isla basurero para contener el virus y evitar el salto al contagio humano. Al menos esa es la justificación pública. Lo que a simple vista parece ser más de lo mismo, en el caso del particular estilo de Anderson, en realidad es un paso hacia adelante. En una historia que integra el reconocible elemento sentimental del director con una épica aventura infantil y la metáfora política, en forma de haiku japonés, se plantean ideas sobre la individualidad, la obediencia, la democracia y los vínculos afectivos. No está nada mal para lo que en la superficie aparenta ser una película infantil (de muñequitos). Si la cinta en sí no es lo mejor de Anderson, su manufactura definitivamente es de nivel superior. La animación cuadro por cuadro (utilizando figuras y maquetas) deja atrás cualquier logro digital. La cualidad táctil de los elementos brinda una sensación elevada a los paisajes y una calidez a los personajes (en su mayoría perros) que aunada a las actuaciones (un elenco de voces de lo mejor en Hollywood) inyectan el alma a los caninos personajes. El motor de la narrativa se centra en el vínculo emocional entre un niño, Atari Kobayashi, y su perro Spots (Liev Shrieber), y la travesía del primero para reunirse de nuevo con su fiel compañero. Esta aventura lo lleva a través de la Isla Basura donde se revelan secretos de la brutalidad a la que fueron sometidos los perros en el pasado por rencillas políticas. De esta forma Anderson logra obtener la empatía del espectador (niño o adulto) con sus personajes. Casi todos alguna vez tuvimos un perro que nos acompañó durante la infancia, con el que convivimos y pasamos momentos felices. La inevitabilidad de la vida nos enfrentó tarde o temprano con su muerte o desaparición, la cual indudablemente dejó su marca en un corazón infantil que probablemente experimentó de esa manera su primera gran pérdida. “Es un niño de 12 años, los perros los aman” menciona Nutmeg (Scarlett Johansson) a Chief (Bryan Cranston) apelando a su lado emocional para que ayude a Atari en su búsqueda. Dentro de su fábula que muestra también la perversidad política a través de la segregación de sectores específicos de la población sometidos a condiciones de vida indignas, el regresar a ese mundo infantil de fantasía y diversión a lado de un peludo amigo es el regalo de Anderson. Detrás de los animalitos que hablan y la comicidad física existe también un llamado a la democracia verdadera, a la solidaridad, al bien común por encima del salvaje instinto de supervivencia que reflejan la lucha interna entre la alienación domesticada y la animalidad contestataria, entre la lógica de clan y la soledad radical. En los constantes llamados a votación del grupo canino, para tomar decisiones, Chief siendo congruente a su naturaleza siempre disiente, pero solidariamente acata la decisión de la mayoría. Es esta la figura canina que encarna la contradicción entre la libertad individual y el bien del prójimo. El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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