Columnas ¿Es México ingobernable?

Quietud en movimiento

Por Roberto Quijano Luna

Les confieso que esta pregunta me abruma todos los días al ver como se van acumulando los problemas en este país. Desafortunadamente, esta interrogante suscita otras tantas igual o más complejas. ¿Será culpa de nuestros gobernantes? ¿Nuestra cultura es incompatible con la democracia? ¿El problema será que somos demasiados? El cuestionario es interminable. Cada una tendrá respuestas que contengan algo de razón, pero nunca serán definitivas. Efectivamente, el desgobierno predominante es en parte culpa de nuestra clase política inepta y corrupta… pero también del ciudadano que no respeta la ley y no vota. Nuestra cultura no es diferente de cualquier otra cultura en tener aspectos democráticos o antidemocráticos. Hay países con mayor población y menos problemas (Japón) y países con menor población y mayores problemas (Siria). Sin embargo, los países prósperos sin importar su cultura o su población tienen un común denominador: instituciones públicas sólidas y participación social vigorosa. En México, ambos componentes son extremadamente débiles. A pesar de las reformas de los últimos treinta años, México no ha sido un país de instituciones fuertes. El diseño constitucional y legal podrá será impecable pero su puesta en práctica se ve mermada por intromisiones políticas, nepotismo, incompetencia y, sobre todo, corrupción. Un país con instituciones vulnerables es rehén de sus propios problemas. Si el presidente Donald Trump no ha logrado salirse con la suya (tanto), ha sido porque las instituciones estadounidenses saben responder. La competencia, independencia y resistencia del FBI o del poder judicial ha sido determinante en la batalla contra la agenda fascista del magnate neoyorquino. Por otro lado, la participación ciudadana de los países es un síntoma de sanidad de su vida democrática. En países con altos índices de participación, hay menor corrupción, hay rendición de cuentas y los ciudadanos tiene mayor incidencia en la toma de decisiones. En México, padecemos una ciudadanía adormecida, resignada y sumisa. Las adversidades con las que se enfrenta a diario, los mantiene en la zozobra permanente. Los preocupantes porcentajes de abstencionismo electoral son evidencia del malestar del mexicano promedio y la fragilidad de nuestra democracia. ¿Qué hacer? La realidad es que nuestro sistema político es reacio a cambios profundos. Como dicen muchos funcionarios: “Así siempre ha sido, así siempre se ha hecho”. La anterior frase aplica en un trámite insignificante como solicitar un acta de nacimiento, hasta la designación de un compadre sin preparación en un alto puesto de gobierno. Evidentemente, una clase política que vive cómodamente en su impunidad y privilegio podrá cambiar nombres a instituciones pero nunca empoderarlas y mucho menos ciudadanizarlas. El cambio viene de fuera. El paso previo para tener instituciones públicas sólidas es una participación ciudadana sólida. Lo anterior se traduce en votar masivamente en elecciones, usar instrumentos como la iniciativa ciudadana o tomar las calles pacíficamente para protestar. Muchos países lo han hecho, es el turno de México. Ahora o nunca. rquijanoluna@mxlaw.com @RobertoQuijanoL *El autor es abogado egresado de la Universidad Panamericana.

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