Columnas El aula vacía

Necropsia urbana

“La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado lo que aprendió en la escuela” Quizá compartan conmigo la opinión de que un alumno es un ser querido tanto por su familia, amigos de clase, como por sus profesores, incluso por las personas de su escuela que cada día le ven pasar, desde el guardia de seguridad hasta la señora de la limpieza. Si reuniéramos datos cuantitativos, los profesores quizá veamos más veces a un alumno que sus propios familiares de segunda línea. Cada día el alumno va a la universidad y cuenta a los demás, muchísimas cosas que a veces por falta de tiempo no comparte con sus padres, abuelos o tíos, el "profe" también es quien a veces resulta también esa figura de referencia, a quien incluso le cuenta algunas cosas que no quiere decir a sus padres para no preocupar; profesor y alumno entones crean un vínculo especial, establecen lazos, de comprensión. En definitiva, para el alumno, la universidad es su gran mundo, además de su familia, esa es su principal visión del mundo. Creo que por cronología un alumno tiene que morir después que sus maestros; quizá por ese razonamiento es que me sentí muy solo al llegar al aula de estudio y verla sola, sabedor que los alumnos acompañaban a Jorge en los eventos propios antes de su sepelio. Jorge Enrique García Vázquez fue mi alumno de la carrera de Derecho y recientemente falleció por esas cosas que como explicación dicen que no tiene explicación; y será recordado en la escuela y por sus compañeros como un muchacho muy amigable, carismático, caballeroso, altruista; yo lo recordare como un joven lleno de sueños, esforzado en sus trabajos y tareas, anhelante por ser un profesional del Derecho, sin faltas y muy puntual. ¿Cómo afrontar entonces dentro de esa aula, las emociones que se despiertan cuando un alumno ya no está? ¿Cómo pasar por ese silencio de los compañeros, esas lágrimas, esas preguntas, ese por qué ha pasado esto, cuando a nosotros mismos como adultos y maestros nos cuesta encajar todo esto? Cuando el corazón se rompe es más fácil remendarlo en compañía, de hecho, la función de los tanatorios aún en estos tiempos modernos, sigue estando vigente por este motivo y otros más. Los duelos son de siempre, de toda la vida, por eso sabemos que atender a las emociones necesita su tiempo y su espacio. Gracias a mi Dios y a la vida por enseñarme a convivir en el aula y aprender a no mirar a otro lado cuando el corazón está roto y algo nos duele en el alma. Para finalizar, como profesor, dejo mi mensaje de reconocimiento a los alumnos con los que compartí esta impresionante experiencia, deseando desde este espacio una pronta resignación a los padres y hermana de Jorge, haciéndoles saber que su hijo también formo parte de nuestra familia universitaria. Imposible explicar lo inexplicable…hasta pronto Jorge Enrique García Vázquez. * El autor es presidente de la Comisión de Difusión del Instituto de Investigación Jurídica de la Universidad de la Californias Internacional.

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